Miércoles, 10 de abril de 1912
El Titanic medía 269 metros de
eslora y pesaba más de 46.000 toneladas. Su enorme casco albergaba 835
camarotes y podía cobijar a más de 3.500 pasajeros y tripulantes. Desde la
tercera a la primera clase era el transatlántico más lujoso de su tiempo.
John Wright (Vio al Titanic desde Common):
Bueno,
el Titanic era tan sólo otro barco más para nosotros en ese momento, por
supuesto, era uno de una serie de grandes barcos… Habíamos estado muy
interesados en el Olympic y en el Mauretania y en el Lusitania, que vinieron
sobre ese tiempo también. Fueron maravillosos en su día y por supuesto cuando
el Titanic vino tan sólo era otro maravilloso y no pensamos en nada horrible
hasta que sucedió lo terrible.
El periódico The Southern Daily
Echo, en su número del día anterior, 9 de abril, escribió lo siguiente:
Nada
ilustra mejor el gran tamaño del Titanic que el hecho de que sus mástiles y
chimeneas pueden ser plenamente vistos alzándose sobre árboles y casas desde lo
alto de Common y desde los puntos más altos de Portswood.
La pasajera de segunda clase
Alice Frances Louisa Phillips escribió una carta a su abuela ese mismo día 9 en
la que decía:
Papá
y yo fuimos a ver al Titanic, es un gran barco monstruoso, tan alto como el
Hotel Clarence, y no puedo decir cómo de largo. Vamos a embarcar mañana por la
mañana poco después del desayuno.
Lawrence Beesley (Pasajero de segunda
clase):
Al
permanecer a alguna distancia podías tomar una vista completa de sus magníficas
proporciones, a medida que te aproximabas al puerto, se hacía imposible.
I
A las 5:17 el sol sale en
Southampton. Southampton, por aquel entonces, era un pueblo, no fue considerado
como ciudad hasta 1964. Comienzan a llegar los tripulantes que dormían en casa.
Thomas Andrews se había alojado
en el South Western Hotel durante su estancia en Southampton.
Thomas Hamilton (Secretario de Thomas
Andrews):
Durante
los diversos días en que el buque estuvo fletado en Southampton, Mr. Andrews,
nunca estuvo ocioso ni por un momento. Generalmente dejaba el hotel a las 8:30 para
ir hacia las oficinas, donde recogía su correspondencia, entonces iba a bordo
hasta las 18:30, momento en el que debía regresar a las oficinas para firmar
cartas.
Sin embargo, ese día 10 de abril,
a las 6:00 de la mañana embarca Thomas Andrews, ocupando la cabina A36. Thomas Andrews,
de gran experiencia, hizo el viaje para comprobar que todo funcionaba
correctamente y ver cómo podrían mejorar la construcción del tercer barco, el
Gigantic. Hombre de carácter optimista e impecable para los detalles. Thomas
Andrews también había realizado el viaje inaugural en el Olympic. Entre sus
notas respecto al Titanic, tenía pensado dividir la sala de escritura y lectura
y, en una de las mitades, meter dos cabinas de primera clase. También pensaba
en pintar de verde los muebles de mimbre del Café Parisien. Él mismo colocó en
su lugar cosas como bastidores, mesas, sillas, ecaleras para las literas,
estufas eléctricas, etc., diciendo que si no se veía todo correcto no estaría
satisfecho. Él siempre estaba ocupado, llevando a los propietarios alrededor de
la nave, entrevistando a los ingenieros, oficiales, managers, agentes,
subcontratas, discutiendo con los principals los planos y supervisando en
general el trabajo de equipamiento.
Albert “Ben” Benham:
El
capitán John Smith vivía en Winn Road. Bueno, en aquellos días, yo tenía once
años de edad y solía repartir periódicos de Smith & Sons Bookstall en St. Denys Station… mi repartición era toda en
Winn Road y yo solía servir cerca de cada casa y solía pararme en lo alto e ir
bajando de un lado a otro. Solía hacer esa ronda antes de ir a la escuela entre
semana, cuando llegué a la última casa antes de la en que vivía el capitán
Smith, justo estaba saliendo. Siempre le recordaré diciéndome “bien, hijo,
tomaré mi periódico” y le di su periódico y justo se fue hacia abajo a los
muelles para unirse al Titanic. Debo decir que eran cerca de las 7:00 de la
mañana porque él debería bajar allí para presentarse en la reunión de la Junta
de Comercio a las 8:00 en punto, cuando todos los miembros de la tripulación
tenían que estar allí, desde el capitán hasta el botones.
A las 7:30, llega al puerto en un
taxi Edward J. Smith, con su esposa que le acompañaba para despedirse. El
comandante embarca y recibe el informe de Wilde. Los otros oficiales asumirán
sus cargos.
En el muelle, una multitud de
marineros se aproximaron a la nave con la esperanza de encontrar algo de
trabajo en su viaje inaugural. A esa hora, también, parte de la estación de
Waterloo, en Londres, el tren con pasajeros de segunda y tercera clase, entre
los que se encuentran los miembros de la banda del barco.
Joseph Scarrott (Marinero):
Fue
bajo órdenes el unirnos a la nave a las 7:00 del miércoles, 10 de abril. La
hora de partida sería a las 12:00 de esa mañana. El viaje iba a ser un viaje
“acelerado”, significando que íbamos a ir de Southampton a Nueva York, cargar,
descargar y volver en dieciséis días. A pesar de que iba a ser innecesario
tomar todo mi equipo para este corto viaje, no me pareció tener la inclinación
de dejar nada fuera, y reflexioné un montón en mi mente sobre si debería unirme
al barco o dejarlo. Ahora en toda mi Carrera de veintinueve años yendo al mar
no he sentido jamás la vacilación que experimenté entonces, y trabajé a bordo
del Titanic cuando vino a Southampton desde los constructores y tuve
oportunidad de inspeccionarlo desde la roda hasta la popa. Hice eso,
especialmente los cuartos de la tripulación, y debo decir que era el mejor
barco que nunca haya visto.
El
miércoles 10 de abril decidí ir, pero no con una buena corazonada. Antes de
salir de casa, besé a mi hermana y la dije “adiós”, y estaba saliendo cuando
ella me llamó de nuevo y me preguntó que porqué le había dicho “adiós” en lugar
de mi usual “cuánto tiempo, hasta pronto”. Le dije que no me di cuenta de
haberlo dicho, ninguno de ellos. En mi camino para unirme al Titanic, puede
imaginarse cómo este incidente golpeó mi mente. Al unirse a un barco todos los
marineros tienen siempre la misma rutina. Vas a tus cuartos, escoges tu litera,
y tomas el equipo que requerirás en tu bolsa. Entonces te cambias al uniforme
por el momento en que eres llamado a reunirte con el oficial jefe. Tomé mi
bolsa pero no la abrí, ni me puse el uniforme, y fui a la reunion y a los
ejercicios de incendio y de botes sin mi uniforme.
8:00. La tripulación pasa
revisión con el capitán y los oficiales del Comercio Británico. El capitán
Steele era el Superintendente de la Marina de la White Star y el capitán Clarke
de la Junta de Comercio. Ya se encuentra a bordo George Bowyer, el piloto de la
Trinity House. Tenían la bandera del piloto izada en el mástil. Bowyer había
sido piloto en Southampton Harbour durante casi 40 años, era el último de una
larga línea de Bowyers que habían sido pilotos del puerto de Southampton desde
la época de las guerras napoleónicas. Realizan un ejercicio de arriado con los
botes nº 11 y nº 15 en estribor, bajo las órdenes de Lightoller.
Harold G. Lowe (Quinto oficial):
Después
de la reunión general a las 8:30, Mr. Moody, el sexto oficial, y yo mismo
tripulamos dos botes. Los bajamos del lado de estribor con la tripulación del
barco. Los botes fueron tripulados y remamos alrededor de un par de giros y
entonces volvimos y fuimos izados para ir a desayunar y entonces fuimos a
cumplir con nuestros deberes. Debo decir que nos tomó
entre veinte minutos a media hora. No sólo era una práctica en el remo en los
botes, si no también una práctica en la preparación y arriado de los botes.
Debió haber tomado una media hora, izado y bajado.
Ningún
ensayo con los botes tomó lugar desde el momento de la partida. Un simulacro de
incendio se llevó a cabo, y siempre tiene lugar. Hay muchas mangueras en cada
cubierta, y el servicio de agua está disponible, y las mangueras son
manipuladas por los hombres, y el comandante envía la palabra “hagan el
ejercicio de incendios”, y entonces echan el agua.
Frank Evans (Marinero):
Tuvimos
la primera reunión, y tuvimos una inspección por los oficiales e hicimos un
ejercicio con los botes. Fueron dos botes. Fuimos en uno de esos botes. Hubo
nueve en cada uno.
A las 9:00 parte de la estación
de Waterloo el tren que transporta a pasajeros de primera y otros tantos de segunda
clase. A las 9:30 llega al puerto en su limusina Daimler el director de la
White Star Line, J. Bruce Ismay, con su mayordomo John Frye y su secretario
William Harrison. Se alojaría en la suite B52, una de las mejores de todo el
barco situada en el lado de babor. El día anterior había venido desde Londres y
se había alojado junto a su familia en el South Western Hotel, pasando allí la noche.
Su hermano James había realizado junto con Bruce el viaje inaugural del
Olympic, pero ahora él estaba impedido por una fuerte neumonía que le hizo
entrar en coma. Hizo el viaje por placer y para ver cómo funcionaba el buque
nuevo.
A la llegada de los pasajeros de
segunda y tercera, a los del entrpuente se les deja embarcar tras una
inspección sanitaria.
A las 9:40 parte de París el tren
Trasatlantic, llevando a pasajeros hasta Cherburgo para embarcar esa tarde en
el Titanic. Siendo un acontecimiento el viaje inaugural del Titanic, Nicholas
Martin, el gerente de la oficina de la White Star en París, también iría en
dicho tren para organizar a los pasajeros y acompañarlos hasta su abordaje.
William Gwinn, empleado postal
del buque, se tomó una foto con su uniforme en la cubierta del barco antes de
partir. Le llamaban Will. Era un escritor de cartas empedernido. Había sido
asignado al buque Philadelfia, pero se enteró de que su esposa había caído
enferma y solicitó un traslado a otro buque que partiera antes para poder ir a
verla.
John Starr March, otro de los
empleados del correo, había perdido a su mujer en 1911 en una operación. Sus
dos hijas le rogaron que buscara empleo en otro lugar más seguro, él les
aseguró que no se ahogaría en el mar. March les decía a menudo a sus hijas que
no le tenía miedo al agua y que esos grandes barcos eran insumergibles. Estaba
convencido de que el Titanic no podía hundirse. March también estuvo trabajando
en el Olympic cuando chocó con el Hawke. Muchos de la tripulación del Titanic,
y algunos pasajeros, habían estado también a bordo del Olympic el día en que
sufrió el accidente.
John Podesta (Bombero):
Me
levanté en la mañana del 10 de abril y bajé al barco para la reunión de las
ocho, como es el caso en todos los días de navegación, la cual duró
aproximadamente una hora. A medida que el barco está listo para navegar a eso
de las doce del mediodía, la mayoría de nosotros, bomberos y estibadores,
bajamos a tierra hasta la hora de partir. Asi que nos fuimos con varios otros
que conocía de mi turno, que era de cuatro a ocho. Mi compañero de turno, cuyo
nombre era William Nutbean, y yo nos fuimos a nuestra taberna local para echar
un trago en el Newcastle Hotel. Dejamos a unos once o quince dar su paseo por
los muelles. Teníamos un montón de tiempo así que fuimos a otro local llamado
The Grapes, encontrándonos con otros compañeros de la nave en el interior. Así
que tomamos otro trago unos seis de nosotros…
La estimación de la hora de
Podesta de las doce del mediodía debe estar errada, pues es más o menos la hora
en la que parte el barco y más tarde dice que abandonaron el local a las doce
menos diez.
En la mañana del 10 de abril, el
bullicio del puerto de Southampton se veía interrumpido periódicamente por las
explosiones profundas de sonido de los silbatos de vapor del Titanic. En teoría
y en condiciones ideales, podría ser oídas a 10 millas de distancia.
Norman Wilkinson (Artista naval):
Al
llegar a la escollera en lo alto de Southampton vi al nuevo crucero de la White
Star, el Titanic. Iba a navegar en su viaje inaugural esa tarde. Le dije a mi
amigo “vamos a probar suerte. Conozco al capitán. Vayamos a bordo a echar un
vistazo a la nave.”
El
cabo que encabezaba la pasarela dijo que el capitán Smith estaba a bordo y nos
llevó hasta su camarote. Tenía cerca de sesenta años con cuarenta años al
servicio de los cruceros e irradiaba confianza Eduardiana. Me dio una cálida
bienvenida pero me dijo que estaba extremadamente ocupado y nos entregó al
sobrecargo, quien nos mostraría la nave alrededor. Hicimos un tour completo por
la espléndida nave. Sobre la chimenea del salón de fumadores de primera clase
había un cuadro que yo había hecho como una comisión para Lord Pirrie de
Harland & Wolff, de Belfast, quien lo había construido. El tema del cuadro
era el puerto de Plymouth. Había otro cuadro mío en el SS Olympic del puerto de
Nueva York. Ambos fueron hechos de bocetos que había dibujado en los
respectivos puertos. Y así, el 11 de abril el Titanic partió hacia Nueva York…
Ninguno de nosotros tuvimos el más ligero temor por su seguridad; era la última
palabra en la eficencia moderna y se dijo que era literalmente insumergible.
Roy Diaper:
Mi
padre fue un marinero… En un momento él estuvo en la Royal Mail Steam Packet
Company, eso fue antes de que yo naciera. Antes de eso, él había sido
comandante del yate de vapor Latona el cual era propiedad del Barón von Knoop.
Mi padre simplemente me dijo que me iba a llevar a abajo a ver el Titanic… Él
pensó que sería bueno para mí verlo y conocer al capitán Smith… Recuerdo que
subimos al tranvía que pasa por nuestra casa en Shirley Road y nos alejamos
hacia abajo a los muelles… Según pasábamos a través de las puertas, podíamos
ver al Titanic a mano derecha en la distancia… Subimos por una pasarela a la
nave, era enorme, imponía respeto, era magnífica, la gran escalera estaba justo
frente a mí. Mi otra impresión que tuve fue de un hombre alto completamente
barbado y que llevaba una levita, tenía una gorra de visera y lo que me impactó
fue que no era como las que se usan hoy en día, tenía un pequeño borde y un
pequeño tope. Recuerdo a mi padre hablando con él. El capitán Smith no me habló
a mí pero se agachó y me estrechó la mano, había un tremendo bullicio por allí
y el capitán Smith fue rodeado por la gente.
Herbert J. Pitman (Tercer oficial):
El
tiempo era muy bueno, era perfecto. Un tiempo veraniego.
Charles H. Lightoller (Segundo oficial):
El
ultimo día para la navegación había llegado, y durante los días previos de
extremo a extremo de la nave parecía haber en el muelle un nido de abejas:
ahora había un enjambre.
Se podía contar con una gran
cantidad de espectadores, gente de la ciudad en su mayoría, que venían a ver
cómo el Titanic daba sus pasos iniciales hacia el mar abierto, al mismo tiempo
que poder estar cerca de lo que en ese tiempo eran los grandes exponentes de la
sociedad de esos días. Los miembros de la “alta sociedad” eran los que, en esa
época, estaban en el candelero, millonarios, representantes de la nobleza,
hombres de negocios, militares y “nuevos ricos”. El barco se había registrado
como barco de inmigrantes, pero también se hicieron las dependencias necesarias
para primera, segunda y tercera clase. Muchos millonarios y famosos de la época
se dieron cita en el Titanic, mitad viaje de placer, mitad por estar presente
frente a otras muchas celebridades en ese acontecimiento. Como diría en sus
memorias la camarera Violet Jessop, muchos estaban allí sólo por estar.
Los pasajeros de primera clase
que viajaban a bordo del Titanic representaban a los más acaudalados de la
sociedad angloamericana. El más rico de todos ellos era, sin duda, el coronel
John Jacob Astor IV, de 47 años, bisnieto de un próspero comerciante de pieles.
John Jacob Astor había ampliado la fortuna familiar por medio de la compra de
propiedades, en especial hoteles, y acababa de protagonizar un escándalo,
causado por su divorcio y su inmediata boda con una mujer neoyorquina de 19
años, Madelaine, que estaba embarazada en ese momento. Ellos volvían de su
prolongado viaje invernal por Egipto y Europa, a donde habían ido a ocultarse
del acoso de los periodistas, aunque embarcarían en el Titanic esa tarde desde
Francia.
También abordarían, ellos en
Southampton, Isidor Straus y su esposa, Ida. Él era el dueño de Macy’s, los
prestigiosos almacenes de ropa más grandes del mundo. Isidor Straus
suministraba todos los uniformes de los oficiales de la White Star Line desde
su tienda insignia (Macy’s) desde Nueva York. Él mismo era un sastre y a veces
molestaba a los oficiales preguntando por sus uniformes, si eran cómodos y les
agradaban las telas, etc.
La lista de los muy ricos se
completaba con la presencia de George Widener, de Filadelfia, a quien
acompañaban su esposa y su hijo Harry, de 27 años. Debían su fortuna a la fabricación
de tranvías.
Y por último, Benjamin
Guggenheim, “El rey del cobre” que era un playboy, descendiente de una familia
norteamericana dedicada a la minería y la metalurgia.
Además de los multimillonarios,
en el primer viaje del Titanic había otras personas que sólo eran ricas: Por
ejemplo, Mr. Arthur Ryerson, magnate del acero; John B. Thayer, vicepresidente
de la Canadian Grand Trunk Railroad; y Harry Molson, perteneciente a la
dinastía de banqueros y fabricantes de cerveza de Montreal.
Entre los representantes de las
clases altas británicas, se encontraban Sir Cosmo y lady Duff Gordon, más
conocida en el mundo de la moda como Lucille. Él era un típico lord
británico, y ella una famosa diseñadora de moda, que tenía tiendas en París y
Nueva York.
Dejando de lado a éste tipo de
celebridades, el buque contaba también con otros personajes destacados. Entre
ellos el mayor Archibald Butt, asesor militar del presidente Taft y amigo
íntimo de Theodore Roosevelt, que regresaba a Washington después de disfrutar
de un permiso; y William T. Stead, conocido espiritista, editor y analista
político, en viaje a Nueva York para asistir a una charla por la paz mundial. Cuando
los periodistas le abordaron en el muelle, así lo dijo. No tenía planeado hacer
el viaje, pero el presidente Taft le había pedido que fuera para dar una
conferencia sobre la paz mundial. Stead también fue candidato al Premio Nobel. Veintisiete
años antes del desastre del Titanic, Stead escribió un relato premonitorio
sobre un barco que se hundía en similares circunstancias. Lo sorprendente es
que el destino quiso que el escritor pereciera en aquella primera y única
travesía. Stead fue a la vez uno de los pioneros del gran periodismo, figura
activa de los movimientos pacifistas y feministas británicos y un defensor del
espiritualismo. Era clarividente y llegó a intuir que tendría un fin dramático
fuera de lo común. Por ello, no cesó a la hora de consultar a videntes para
verificar si esta intuición era fundada. Como si todos quisieran darle la
razón, una serie de predicciones funestas convinieron en anunciarle que moriría
en un desastre marítimo. Aún así, en abril de 1912, se embarcó en el majestuoso
barco para realizar un viaje sin retorno. Este fin programado ha dado a su
muerte una dimensión trágica y anómala.
Esta lista de ricos y famosos
hubiera sido aún más impresionante si algunas personas destacadas no hubiesen
anulado sus pasajes en el último momento. Alfred W. Vanderbilt y su esposa
decidieron no viajar, pero no llegaron a retirar ni su equipaje ni su criado
personal, que se hundieron con el barco. J.P. Morgan, propietario del Titanic,
estaba demasiado enfermo como para viajar (falleció al año siguiente). Lord
Pirrie, presidente de la compañía Harland & Wolff, canceló el viaje por
mala salud. En su lugar embarcó Thomas Andrews, su sobrino, que era director
administrativo de la empresa y el responsable durante la construcción del
buque.
En el barco viajaban pasajeros en
dos clases más. La segunda clase estaba integrada por profesores, comerciantes,
profesionales con ingresos moderados; eran quienes constituían la clase media.
Y por último la tercera clase, en su mayoría inmigrantes de bajos recursos que
esperaban comenzar una nueva vida en el Nuevo Mundo. Eso no quiere decir que en
verdad fuesen pobres. Una persona realmente pobre no podría de ninguna manera pagarse
ni el pasaje más barato en el Titanic.
Lawrence Beesley (Pasajero de segunda
clase):
Cuando
dispuse el viaje a los Estados Unidos, decidí hacerlo en el Titanic por varias
razones: una, era más bien una novedad estar a bordo del mayor barco a flote
hasta el momento, y otra es que mis amigos quienes habían cruzado en el Olympic
lo describieron como el más confortable barco en los mares, y se había
reportado de que el Titanic se había mejorado en ese aspecto por tener mil
toneladas más, construidas para estabilizarlo.
Subí
a bordo a las 10:00 del miércoles 10 de abril, después de pasar la noche en el
pueblo. Es patético recalcar que me senté esa mañana para desayunar en el
comedor de un hotel, desde las ventanas por las cuales podías ver las cuatro
enormes chimeneas del Titanic ascendiendo sobre los tejados de varias oficinas
navales en frente, y la procesión de fogoneros y mayordomos encaminándose hacia
la nave, había sentados detrás de mí tres de los pasajeros del Titanic
discutiendo sobre el próximo viaje y estimando, entre otras cosas, la
posibilidad de un accidente en alta mar al barco. Según me levanté del
desayuno, eché un vistazo al grupo y los reconocí después a bordo, pero no estaban
entre el número de quienes preguntaban pasando lista en el Carpathia en la
mañana del lunes siguiente.
Mientras los ricos viajaban
acompañados de un séquito de doncellas, criados y perros, con montañas de
equipajes, la mayoría de los miembros de la tripulación tenían unos salarios
tan bajos, que les hubiese llevado años ahorrar el dinero para un billete de
primera clase de lujo. Los camarotes más caros costaban más de 800 libras. Para
darnos una idea de la desproporción, un fogonero del barco, que cobraba 2
libras por semana, tendría que haber ahorrado 9 años para poder pagarlo.
Los pasajeros representaban
nacionalidades de los cinco continentes a bordo del Titanic, eran
estadounidenses, ingleses, escoceses, franceses, uruguayos, españoles,
italianos, suecos, turcos, filandeses, suizos, canadienses, irlandeses,
austriacos, líbanos, croatas, cubanos, argentinos, búlgaros, galeses, noruegos,
sudafricanos, belgas, alemanes, húngaros, australianos, bosnios, daneses,
griegos, yugoslavos, eslovacos, hindúes, tailandeses, rusos, chinos, una mujer
peruana, un hombre egipcio, uno japonés y otro procedente de los Países Bajos.
Entre las profesiones que
ejercían los pasajeros del Titanic abarcaban la de granjero, gobernador,
político, albañil, escritor, hombre de negocios, militar, piloto, cantante,
carnicero, periodista, abogado, peluquero, deportista, herrero, joyero, chófer,
jardinero, jinete, músico, sacerdote, ministro, comerciante ambulante, minero,
mánager, dirección de cine, químico, doctor, pintor, ama de casa, profesor,
dependiente, electricista, actor, modelo... entre muchas otras.
Todas esas nacionalidades, todas
esas profesiones, todas las clases sociales, casi todo el espectro de la
humanidad se hayaba representado en los pasajeros del barco.
Francis Browne (Pasajero de primera
clase):
A
izquierda y derecha se extendía una pared de acero que se alzaba alta sobre el
suelo de la estación… cuarenta pies sobre el nivel de la quilla, sin embargo,
era escasamente más de la mitad del costado del barco. Por debajo de nosotros,
la gente se veía muy pequeñita… ciento veinte yardas a popa podíamos ver a los
pasajeros de segunda clase cruzando la pasarela a su porción de la nave.
Se cuenta que cuando Mrs.
Caldwell le preguntó a un mayordomo si el barco era de verdad insumergible,
éste respondió: “Sí,
señorita. Dios mismo no podría hundir esta nave.”
Lawrence Beesley (Pasajero de segunda
clase):
Entre
el momento de abordar y navegar, inspeccioné en compañía de dos amigos quienes
habían venido desde Exeter a despedirse, las varias cubiertas, comedores y
bibliotecas, y tan vasto que era que ellos no exageraron al decir que era fácil
perderse en tal navío. Nos encontramos casualmente en el gimnasio en la
cubierta de botes y estábamos ocupados con los ejercicios de bicicleta cuando
llegó el instructor con dos fotógrafos e insistieron en que permaneciéramos
allí mientras sus amigos, según creía en ese momento, tomaban algunas imágenes
para él con sus aparatos en uso. Fue sólo después cuando me enteré de que eran
fotógrafos de uno de los periódicos ilustres de Londres. Más pasajeros
llegaron, y el instructor (McCawley) corrió de aquí para allá, siendo la imagen
misma de robusto, saludables mejillas sonrosadas y en forma con sus pantalones
de franela blancos, colocando a un pasajero en el caballo eléctrico, a otro en
el camello… Mientras el grupo de espectadores se reían viendo a los inexpertos
jinetes sacudiéndose vigorosamente arriba y abajo según él controlaba el
pequeño motor con el cual hacía a las máquinas imitar tan realistamente el
ejercicio hecho por un caballo o camello.
R.C. Lawrence:
Justo
antes del momento de partir, corrí a bordo con el ultimo envío de nuevas
máquinas de escribir y las entregué en la oficina del sobrecargo. Dándome
cuenta de que el Titanic era la última palabra en los viajes oceánicos, tomé la
oportunidad de echar una ojeada alrededor.
Vi
la maravillosa piscina –la cual era algo nuevo en los cruceros transoceánicos-
y pronto estuve fascinado y extasiado con el gimnasio de cultura física. Fui
invitado a hacer ejercicio con algunas de las máquinas mecánicas, eléctricamente
controladas. Probé el camello, la bicicleta y el paseo en burro. Era a la
voluntad del instructor al cargo a la que estaba sometido y a todos los
inconvenientes que pudiera aplicar al camello y al burro y en el caso de la
bicicleta, estaba sometido a montar por altas pendientes; todo controlado desde
un conmutador.
De
repente, fui sacado del gimnasio y me dijeron que me apresurara a dejar la
nave, según los soplidos de vapor y las campanas estaban sonando. Corrí a lo
largo de los pasillos, a través de una machacante multitud de pasajeros, sin
saber qué lado era babor y cual estribor. Como sea, alcancé la pasarela. Los
dos oficiales y los marineros estaban listos para desamarrar las sogas y una
brecha de un pie se extendía entre la pasarela y el lado de la nave. En medio
de las protestas por mi parte y el vocabulario el cual fue indecente, los
oficiales dieron instrucciones a los marineros para poner la pasarela. Corrí
hacia abajo por esa pasarela a toda velocidad, agradecido de tocar tierra
firme. Tuve el sentimiento de que estuve muy cerca de haber navegado en el
Titanic.
Joseph Scarrott (Marinero):
11:45.
Todos a sus puestos para partir. Yo estaba en estribor en la guardia, mi lugar
era la popa, y seguía sin ponerme el uniforme. Mis acciones y modales eran los
contrarios de los que deberían ser.
II
Una a una las pasarelas eran
retiradas mientras los remolcadores tomaban posiciones. A medida que la última
pasarela estaba siendo quitada, un grupo de fogoneros (una media docena) que
habían estado echando un último trago en un pub cercano antes de abordar,
llegaron corriendo, tratando de volver a bordo. Un encargado les cerró el paso,
volviéndose de nuevo y los fogoneros perdieron el barco.
John Podesta (Bombero):
Seis
de nosotros dejamos la taberna local The Grapes sobre las doce menos diez y
entremos en el puerto hacia el buque. Conmigo y mi compañero habían tres
hermanos llamados Slade (Bertram, Tom y Alfred). Estábamos en la parte superior
de la entrada principal y un tren de pasajeros se estaba aproximando hacia
nosotros desde otra parte del muelle. Escuché a los Slades decir “Oh, deja al
tren pasar”, pero Nutbean y yo mismo cruzamos a través y nos dirigimos a bordo
del crucero. Siendo un tren bastante largo, en el momento en que pasó a los
Slades, ya era demasiado tarde, la pasarela había sido quitada, dejándoles
atrás.
Un estibador, Mr. Penney, también
estaba con ellos y era quien completaba los seis miembros de la tripulación de
los que habla.
Lawrence Beesley (Pasajero de segunda
clase):
Poco
después del mediodía, los silbatos de vapor soplaron para que nuestros amigos
regresaran a tierra y las pasarelas fueron retiradas, y el Titanic se movió
lentamente muelle abajo, acompañado por los últimos mensajes y los gritos de
despedida de los del muelle. No hubo aplausos o silbatos de vapor de la flota
de buques que se alineaban en el muelle, como podría parecer probable en la
ocasión en la que el buque más grande del mundo se hacía a la mar en su viaje
inaugural; el conjunto de la escena era tranquila y bastante normal, con poco
de lo pintoresco y ceremonial que una imagen pueda mostrar en la imaginación
como sería habitual en tales circunstancias. Pero si esto era escaso, dos
incidentes dramáticos e inesperados suministraron algo de emoción e interés a
la salida del muelle. El primero de ellos ocurrió justo antes de la retirada de
la última pasarela, un grupo de fogoneros corrieron a lo largo del muelle, con
su equipo al hombro, y corrieron hacia la pasarela con la evidente intención de
unirse a la tripulación. Sin embargo, un suboficial de guardia en el extremo
del muelle de la pasarela, firmemente se negó a permitirles el paso a bordo;
argumentaron, al parecer por los gestos, tratando de explicar las razones de
por qué llegaron tarde, pero él se mantuvo obstinado y les hizo echarse atrás
con determinación. La pasarela fue retirada hacia atrás en medio de sus
protestas, poniendo punto y final a sus determinados esfuerzos por unirse al
Titanic. Esos fogoneros deben ser hombres agradecidos a día de hoy, ya que
alguna circunstancia, ya sea por propia falta de puntualidad o por algún
retraso imprevisto sobre el cual no tuvieron ningún control, ¡les previno de
correr hacia la última pasarela a tiempo!
Habrán contado, y sin duda lo contarán por años, la historia de cómo
salvaron sus vidas probablemente por llegar para unirse al Titanic demasiado
tarde.
El piloto Bowyer hizo un registro
para asegurarse de que todos los oficiales de la nave fueron colocados
correctamente: el oficial jefe Wilde en el castillo de proa al cargo de los amarres
con el segundo oficial Lightoller ayudándole. El primer oficial Murdoch en el
puente de popa auxiliando con los amarres allí, asistido por el tercer oficial
Pitman. Y de pie, al lado de Murdoch, asistiendo con las llamadas telefónicas a
la sala de máquinas, estaba el cuarto oficial Boxhall, mientras que al mismo
tiempo grababa todos los movimientos en el registro. El quinto oficial Lowe
estaba en el puente con Bowyer, al cargo de los teléfonos. El sexto oficial
Moody supervisaba las retiradas de las pasarelas. Tan pronto como la última
pasarela fue retirada, Bowyer comenzó a dar una serie de órdenes: “Soltad amarres de popa...
soltad amarres de proa... soltad toda... adelante.”
Los remolcadores comenzaron a
tirar de la nave del costado del muelle, apartándola poco a poco. Los pasajeros
y la multitud observándolo dieron una ovación lentamente, casi imperceptible,
cuando una brecha comenzó a surgir entre el Titanic y el muelle. A las 12:15,
una explosión de silbidos del Titanic indicó a los remolcadores que se pusieran
en marcha. “¡Acelerar
los remolcadores!” sonó el vozarrón de George
Bowyer a través del puente. Hubo un tintineo de campanas sonando y y el
telégrafo de latón de máquinas indicó “despacio hacia delante”. El agua a popa
comenzó a agitarse cuando las hélices empezaron a girar. Bowyer pidió a los
remolcadores soltarlo y la gran nave se movió hacia el río Test.
En el salón comedor de primera
clase la orquesta del barco interpreta The chocolate soldier mientras
que el piloto Bowyer movía la nave poco a poco a 6 nudos por el canal.
Edward “Lance” Pearson:
Vi
al Titanic abandonando el puerto de Southampton desde su muelle y la cabeza del
muelle, desde mi bicicleta. Escuché a la banda tocando.
La inmensa mole desplazaba un
increíble volumen de agua por el canal estrecho, creando una succión de gran
alcance en su estela. Al acercarse a la entrada del canal, el Titanic atrajo al
pequeño New York, que estaba amarrado junto al Oceanic. Ambos buques fueron
inmovilizados por la huelga del carbón y no estaban en funcionamiento. A medida
que el Titanic pasaba de largo, la succión atrajo a los buques mas pequeños
hacia él y la tensión de los seis amarres del New York se hizo demasiado grande
y con una serie de fuertes estallidos se separaron en una sucesión rápida.
Cerca de la desembocadura del río Test rompe los cables de 15 cm de diámetro
que sujetaban al New York y el pequeño barco fue atraído sin remedio hacia el
Titanic, quedando a la deriva hacia el gigante coloso a riesgo de colisionar.
La gente acumulada en el muelle
huyó despavorida. Una mujer fue herida por uno de los cables y requirió
atención. El New York quedó suelto y comenzó a desplazarse lentamente hacia el gigantesco
Titanic. En seguida se dió la voz de alarma y detuvieron al enorme coloso.
Por un momento, un desagradable
impacto parecía inevitable. Dos remolcadores tendieron cables entre el Titanic
y el New York. El Vulcan se cruzó entre ambos cruceros y pudo tirar del cable
que, rodeando la popa del New York, impidió que colisionara con la popa del
Titanic cuando quedaba un metro o menos para que entraran en contacto. La
rapidez de pensamiento del capitán Gale del remolcador Vulcan y una acción
rápida en el puente del Titanic por el capitán Smith al invertir los motores evitó
un accidente. El New York quedaba ahora a la deriva entre el Oceanic y el
Titanic. Otros remolcadores acudieron a ayudar al Vulcan.
Lawrence Beesley (Pasajero de segunda
clase):
El
segundo incidente ocurrió poco después, y mientras no había duda de que debía
haber sido descrito a fondo en el momento por aquellos en la costa, quizás un
punto de vista desde las cubiertas del Titanic no será de menor interés. Según
el Titanic se movía majestuosamente puerto abajo, la multitud de amigos
mantenían el paso con nosotros a lo largo del muelle, fuimos juntos hasta el
vapor New York que yacía amarrado a un costado del puerto al lado del Oceanic,
la multitud nos despedía a aquellos a bordo tan bien como podían intervenir
entre las dos naves. Pero la proa de nuestro navío llegó al lugar del New York
con ellos, y se escucharon una serie de ruidos como de revólver, y en el lado
del muelle del New York las gruesas cuerdas como serpientes se azotaron alto en
el aire y cayeron atrás entre la multitud, la cual se retiró alarmada escapando
de las sogas voladoras. Esperábamos que nadie hubiese sido golpeado por las
sogas, pero un marinero próximo a mí estaba seguro de haber visto a una mujer
recibiendo atención. Y entonces, para nuestro asombro, el New York se deslizó
hacia nosotros, lenta y clandestinamente, como si fuera empujado por una fuerza
invisible de la cual era impotente de resistir. Me recordó instantáneamente a
un experimento que muchas veces mostré a modo de aprendizaje a los chicos sobre
los elementos de la física en un laboratorio, en el cual un pequeño imán se
hacía flotar en un corcho en un bol de agua y pequeños objetos metálicos
cercanos en corchos eran atraídos hacia el imán flotante por la fuerza
magnética.
Arthur Peuchen (Pasajero de primera
clase):
El
día era bueno. Poco después de dejar nuestro muelle, nuestro oleaje o succión
causó algunos problemas frente al muelle al que íbamos a girar, en el cual
había dos o tres barcos de nuestra misma compañía. Hubo excitación en los
muelles cuando el barco comenzó a chascar una o dos de sus amarras. Pero no
creo que hubiera ningún accidente.
El
barco más pequeño, creo, era el New York. Se fue a la deriva, no bajo el efecto
del vapor, y sin ningún control sobre sí mismo. El resultado fue que quedó
indefenso. Al principio fue hacia nuestra popa, entonces después se desplazó a
lo largo y muy cerca de nuestra proa. Creo que paramos nuestro barco y
simplemente permanecimos así.
Todos los pasajeros y tripulantes
del Titanic miraban el incidente desde las cubiertas, apoyados por las
barandillas o asomados por las ventanas. Muchos, como el matrimonio Straus,
comparaban el suceso con el choque que sufrió el Olympic el año anterior.
Otros, como el padre Browne o la familia Odell, sacaron fotografías del suceso,
y una pareja incluso filmó el evento, pero esa filmación continúa junto con el
Titanic y nunca llegó a ser visualizada. Un marinero le comentó a Lawrence
Beesley: “Si
el barco amarra o se acerca uno de esos, me marcho de aquí”. Eso, obviamente, es por la superstición marinera. El marinero
consideró el contratiempo como un mal augurio. Pero no sólo los marineros, hubo
pasajeros que también interpretaron el contratiempo como un mal augurio para el
viaje.
Archibald Gracie (Pasajero de primera
clase):
Estaba
con ellos (con el matrimonio Straus) en la cubierta el día en que dejamos
Southampton y presenciamos el siniestro accidente con el crucero americano New
York, que yacía en su muelle, cuando el desplazamiento de agua movida por
nuestro gigantesco buque causó una succión que tiró del barco más pequeño de
sus amarras y casi causó una colisión. En ese momento, Mr. Straus me dijo que
parecía que hacía sólo unos pocos años que había viajado en ese mismo barco, el New York, en su viaje
inaugural y entonces ella dijo que era “la última palabra en construcción
naval”. Él llamó la atención de su esposa y la mía por el progreso que se había
hecho, comparando ambas naves una al lado de la otra.
En el New York, los hombres
colocaban alfombras en los costados del barco por si rozaban. Al menos así los
daños no serían tan graves. Con los dos barcos detenidos y teniéndolos
momentáneamente bajo control, debían planear cómo salir de allí. El Vulcan y
los remolcadores ajustaron y empujaron con sus cables al New York, haciéndolo
retroceder hacia el muelle. El Titanic dió la contramarcha con mucho cuidado de
no volver a provocar succión y con mucho cuidado también de no llevarse por
delante una de las embarcaciones pequeñas. Muy, muy lentamente el Titanic
retrocedió hasta que el New York quedó por delante de su proa. Una vez que el
Titanic se había apartado, los remolcadores tomaron al New York y lo sacaron
del rumbo del Titanic, llevándoselo hacia adelante y a la izquierda y
amarrándolo a otro muelle provisionalmente hasta que el Titanic se marchara.
Lawrence Beesley (Pasajero de segunda
clase):
En
el New York hubo gritos dando órdenes, los marineros corriendo de aquí para
allá, sosteniendo cuerdas y poniendo alfombras sobre el lado en el que parecía
probable que íbamos a chocar.
Al
principio todas las apariencias mostraban que las popas de los dos buques
chocarían; pero desde el puente de popa del Titanic, un oficial de operaciones
de la dirección paró el barco, la succión cesó, y el New York con su remolcador
tirando de él se movió oblicuamente hacia abajo del muelle.
En poco más de 45 minutos, el New
York volvía a ser remolcado sano y salvo al lado del Oceanic. El Titanic tenía
ahora vía libre, podía continuar su viaje sin problemas. Avanzó suavemente
hacia delante y dejó atrás el peligro del muelle. Ahora se adentraba en el
canal que se ensanchaba cada vez más y el riesgo de colisión disminuía. El
Titanic había telegrafiado a la estación de Cherburgo informando del incidente
y anunciando que llegará con una hora de retraso.
Más tarde se encontró que una
barcaza que se había hundido en ese mismo canal había sido desplazada casi
media milla a 800 yardas bajo el mar por la succión del Titanic. Ninguna de
estas tres naves sufrió daño alguno, pero durante el tiempo en el que el New
York era amarrado y el Titanic ponía su curso de nuevo por el canal, el capitán
Smith ordenó una inspección de la nave. Éste incidente no fue anotado en el
cuaderno de bitácora.
Al día siguiente, 11 de abril,
aparecería el siguiente reportaje en los periódicos:
EL
TITANIC EN PELIGRO AL DEJAR EL PUERTO
La
succión del gigante crucero rompe los cables del New York, el cual flota
indefenso.
LOS
REMOLCADORES PREVIENEN LA COLISIÓN.
Cogiendo
al New York justo a tiempo y arrastrándolo lejos.
COMO
EL ACCIDENTE DEL OLYMPIC.
La
teoría de la succión muestra ser correcta – entusiasmo según el Titanic
comienza su viaje inaugural.
LONDRES,
10 de abril- Según el gran nuevo crucero de la White Star, el Titanic, estaba
dejando Southampton hoy en su viaje inaugural hacia Nueva York un desastre
estuvo cerca de advertir de su dramática demostración de la exactitud de la muy
debatida teoría de la succión fue dada.
Según
el Titanic pasaba de su atracadero para empezar a navegar por las aguas de
Southampton, succionó el agua entre él mismo y el muelle a tal grado que la
tensión rompió los fuertes cables con los cuales el crucero Americano New York
estaba amarrado al muelle, y por algunos momentos la colisión entre los dos buques
parecía muy cercana.
El
New York comenzó a ir a la deriva indefenso, por la popa primero, hacia el
Titanic. Un testigo en el muelle, describiendo el incidente, dice:
“La
multitud mirando desde el muelle estaba con intensidad y excitamiento. La gente
se subió a los vagones de tren para ver lo que estaba pasando.
Tan
pronto como el New York se soltó, el Titanic invirtió sus máquinas y en un
corto espacio de tiempo se detuvo y comenzó a retroceder. Entonces los
remolcadores Neptune y Vulcan se apresuraron hacia el New York y le cogieron
con sogas por la proa y popa e intentaron devolverlo a su lugar. Fue difícil
decir las distancias, mirando por el costado, pero no había mucho sitio que
separara entre la popa del New York y el costado del Titanic.
Como
sea, nadie resultó herido. El maestro del puerto con un megáfono permaneció en
el muelle emitiendo órdenes através del agua tan calmadamente como si estuviera
tomando el té. Consiguió devolver al New York al muelle de nuevo y amarrarlo
con seguridad. Entonces dejó al Titanic continuar de nuevo hacia el mar abierto.
Había retrocedido de inmediato hacia las aguas profundas del muelle mientras
que el New York era arrastrado como un niño malo.”
- The New York Times. 11 de abril de 1912.
R.C. Lawrence:
Mi
tarea estaba completa y también mi pequeña excursión, y caminé hasta el final
del muelle y mirando al insumergible crucero mastodóntico deslizándose y
pasándome, aguas abajo de Southampton, hasta que llegó a ser una mera mota en
el horizonte.
Ese
es mi recuerdo del Titanic hace justo cincuenta años. Yo tenía dieciséis años
de edad…
III
13:11. El Titanic reanuda su
viaje a Cherburgo. La gata Jenny, considerada como un miembro de la
tripulación, está al cuidado de un ayudante de cocina. Ha tenido una gran
camada de gatitos.
El Titanic estaba libre de los
muelles a media velocidad. Pronto se acercó a Calshot Spit, donde desaceleró
para hacer el difícil giro a estribor en el Canal de Thorn.
En la esquina de babor del nido
del cuervo, o la cofa, como se prefiera llamar al puesto de los vigías, había
una bolsa colgada para bufandas, ropas, gorros, impermeables, prismáticos, etc.
El Titanic debía poseer cinco pares de prismáticos, un par para cada oficial
superior (jefe, primero y segundo), otro para el capitán y otro para los
vigías. Sin embargo, la caja en la cofa que debía tener los prismáticos para
los vigías estaba vacía.
George Symons (vigía):
Tras
dejar Southampton y dirigirnos hacia el faro de Nab, me acerqué al comedor de
los oficiales y pregunté por los prismáticos. Le pregunté a Mr. Lightoller y él
entró en la habitación de otro oficial, supongo que fue en la de Mr. Murdoch, y
volvió a salir y me dijo: “Symons, no hay ninguno.” Con eso me volví y se lo
dije a mis compañeros.
Charles H. Lightoller (Segundo oficial):
Yo
estaba en mi cuarto y oí una voz que reconocí como la de Symons. Salí a la
puerta y le dije: “¿Qué ocurre, Symons?” – “No tenemos binoculares en la cofa.”
– “Está bien”. Fuí al camarote del oficial jefe Wilde y se lo dije. Wilde me
dijo que lo sabía, pero que tenía el asunto entre manos. Volví a salir y le
dije a Symons: “No tenemos prismáticos para usted de momento.”
Cuando el que iba a ser segundo
oficial del Titanic, David Blair, bajó en Southampton, cerró con llave el
armario donde habían guardado los prismáticos para los vigías y se la había
llevado con él. Un error que ahora tendrían que pagar los “ojos del barco”.
Unos minutos más tarde, el
Titanic llega al ángulo recto, gira a babor alrededor de la boya de West
Bramble, que lleva al canal de aguas profundas que fluía más allá de Cowes
Roads, Spithead y el Nab. Cuano el Titanic pasó el escuadrón de yates reales de West Cowes, los pasajeros y tripulación
notaron multitudes por los paseos marítimos contemplando la hermosa nueva nave
de la White Star Line, mientras que sentado en un pequeño bote fuera de Solent
Roads, un farmacéutico local y fotógrafo amateur llamado Frank Beken, esperó
pacientemente a que el barco pasara. Cámara en mano, iba a tomar una de las
fotografias más memorables del Titanic que jamás se hayan hecho. El capitán
Smith reconoció al joven de encuentros anteriores en Solent Roads, y conocía el
trabajo de Beken, por lo que con una sonrisa dio cuatro explosiones en el
silbato del Titanic a modo de saludo. Fue un momento que Beken nunca olvidaría.
Pasando Spithead, el Titanic
sumerge sus colores en la escuadra de negros destructores anclados allí. Los
cruceros de guerra custodiaban la entrada y salida de Southampton. Entonces el
vapor pasó Ryde, pasó el faro de Lloyd, más allá de Selsey Bill, y el faro Nab.
En el faro, el Titanic se despidió del piloto Bowyer y luego volvió hacia el
canal inglés y hacia mar abierto.
Los pasajeros comentaban sobre la
suavidad de los motores, se podía sentir casi sin vibración, un homenaje al cuidado
y atención al detalle que los ingenieros de Harland & Wolff habían
prodigado en ellos.
A estribor quedaba la isla de
Wight, sus monumentos eran fácilmente visibles bajo la brillante luz del sol.
Culver Cliff, Sandown Bay, Shanklin Cline y eventualmente la bahía St.
Catherine y sus altos acantilados quedaron atrás según el Titanic corrió por el
canal hacia su primera escala: Cherburgo.
A las 13:30 el corneta Peter
Fletcher anuncia el almuerzo tardío. Los comedores están abiertos hasta las
14:30. A las 15:45 el tren Transatlantic de París llega a Cherburgo. Es
anunciado el retraso del Titanic.
Mientras los pasajeros se
acomodaban, la tripulación iba a la tarea de establecer la rutina a bordo. Los
relojes se establecieron y ajustaron, se detallaron equipos de trabajo, los
mayordomos se ocuparon de las ropas de los pasajeros de primera clase para la
cena o en la dirección de los pasajeros de segunda y tercera hasta los
comedores.
El segundo oficial Charles
Lightoller estaba comenzando a adquirir la confianza, después de casi dos
semanas a bordo, de que finalmente podía hacer el camino de una punta de la
nave a la otra de la forma más directa.
Abajo, en la cubierta D, la
masajista Maud Slocombe estaba ocupada recogiendo un par de botellas de cerveza
y un sándwich a medio comer dejado en los baños turcos por los trabajadores de
los astilleros.
Desde que se sale de puerto hasta
que se llega al puerto de destino, debe tomarse las temperaturas del mar y del
aire. Las pruebas de temperatura de agua y aire se toman cada dos horas y se
saca el agua de la superficie con un cubo de lona y se pone el termómetro para
comprobar la temperatura. Se anota en un libro de registro los resultados y no
tienen porqué ser informados al oficial de guardia a no ser que éste los pida.
IV
La cubierta de botes es la más
alta de todas, al aire libre, es la que contiene (como su nombre indica) los
botes de salvamento. La zona central está bajo techo y que es donde se soportan
las cuatro enormes chimeneas. Bajo esos gigantescos embudos, en esa cubierta se
encuentra (de proa a popa) el puente de mando y los cuartos de los oficiales,
así como la cabina del radiotelégrafo situada entre la primera y segunda
chimenea. También se encuentra el gimnasio de primera clase y la entrada a la
misma. Hacia atrás, entre la segunda y tercera chimenea se encuentran el techo del
salón de primera clase situado en la cubierta inferior, en la cubierta A. A
popa de la cubierta de botes se encuentran el ascensor de segunda clase y la
entrada a la misma.
La distribución y numeración de
los catorce botes de madera, los dos de emergencia y los cuatro plegables era
la siguiente: Habían cuatro botes en el lado de babor de popa y otros cuatro en
el lado de estribor de popa. Cinco en el lado de estribor a proa y otros cinco
en el lado de babor de proa (de estos de proa, uno de cada lado estaba oscilado
hacia afuera, colgando por la borda) y dos más a cada lado de la primera
chimenea, sobre el techo de los cuartos de los oficiales. Los dos botes que
están oscilados hacia afuera son los dos de emergencia, numerados como bote nº
1 el de estribor y como nº 2 el de babor. Los dos botes sobre los cuartos de
los oficiales son dos plegables nombrados como bote A el de estribor y bote B
el de babor. Habían dos botes plegables más en la cubierta de botes, a la
altura de los dos de emergencia pero por dentro de la borda, nombrados como
bote C el de estribor y bote D el de babor. El resto de los botes seguían la
numeración del 3 al 16 de proa a popa, poniendo los pares a babor y los impares
a estribor. Así, los tres botes restantes delanteros de estribor, de proa a
popa, serían el 3, el 5 y el 7 y los cuatro de popa serían los números 9, 11,
13 y 15. A babor, los de proa son el 4, 6 y 8 y a popa el 10, 12, 14 y 16.
Debajo se sitúa la cubierta A,
donde se encuentra la larga cubierta de paseo que da la vuelta al barco, y la
primera cubierta de la superestructura en estar bajo techo completamente. La
mitad posterior de la misma está abierta al mar, y la mitad delantera posee
ventanas acristaladas por los costados, salvo al frente de la misma.
La cubierta B, inmediatamente por
debajo de la A, se extiende más allá de la superestructura llegando también al
castillo de proa (donde se encuentra la tapa de la escotilla de carga número
uno) y al castillo de popa, sobre el cual (además de ser la cubierta al aire
libre de tercera clase) se hayaba el elevado puente de maniobras.
La cubierta C es la más baja con
zonas al aire libre (cubiertas del pozo de proa y popa). También es la cubierta
donde se encuentra la base del mástil de proa y por donde los vigías
ascenderían hasta la cofa a través de una escalera interna.
La cubierta D contiene los anclas
a proa.
La E es la cubierta donde se haya
el increíble comedor de primera clase y es también la cubierta hasta la que
llegan la mayoría de los mamparos estancos del barco.
Bajando llegamos a la cubierta F,
donde está la piscina, los baños turcos y la perrera.
En la G, la pista de Squash y las
salas del correo.
Por debajo (H) hay bodegas y
zonas de carga hasta llegar a la cubierta inferior, en la que se hayan las
máquinas y las salas de calderas.
Aunque no es exactamente
correcto, se podría decir que el Titanic poseía una “cubierta oculta” por
debajo de ésta, de un metro aproximadamente de altura (varía dependiendo de las
zonas) cuya función era transportar agua potable en caso de que hiciera falta.
LUJO EN 3ª CLASE
Los viajes transoceánicos para
los inmigrantes no habían sido fáciles. Últimamente, los nuevos barcos estaban
poniendo mayores comodidades a los pasajeros del entrepuente, como tres comidas
diarias, espacios abiertos y literas individuales. Normalmente, antes los
inmigrantes que debían cruzar el charco lo hacían a bordo de barcos cuyas
dependencias eran poco menos que establos humanos. Tenían una misma sala para
pasar el rato, para comer, dormir, sin privacidad alguna, con escasa o nula
higiene durante la semana del viaje, mala comida… había gente que cogía
enfermedades por viajar en esas condiciones, algunos incluso no llegaban a pisar
suelo americano. Pero en el Titanic todo era distinto.
El Titanic era el barco más
lujoso de su época, incluso para los pasajeros de tercera clase. Poseían
cuartos privados, radiadores y ventiladores, armarios de pino, camas y literas
privadas, lavabo, cuarto de baño, aseos, tres comidas diarias con derecho a
repetir si lo deseaban, mesas con
manteles, cubertería para todos, mayordomos personales, salas de fumadores,
salas de reuniones, piano, orquesta, cubiertas de paseo al aire libre, postales
de recuerdo con cada menú… vamos, que iba a ser un auténtico sueño para aquella
gente. No habrían viajado así de bien en su vida. Y si esos lujos los tenía
para la tercera clase ¿qué no habría en primera?
LUJO EN 1ª CLASE
En primera clase el lujo era
auténticamente espectacular. Incluso para los paladares más exquisitos y
exigentes quedaron maravillados con el dineral y delicadeza empleados en su
decoración. En primera clase contaban con radiadores, calefacción, ventilación,
agua fría, caliente, dulce y salada en los cuartos de baño, por su puesto
bañeras, duchas, lavabos de mármol. Camarotes decorados de diversos estilos,
tapizados, entelados, camas con dosel. Las dos suites más lujosas y caras del
barco contaban con terraza de paseo privada de quince metros de larga, salón, dormitorio,
vestidor, despacho…
Las estancias de primera clase
estaban revestidas de maderas nobles, roble, caoba, nogal, talladas a mano y
con apliques dorados. Nada que ver con las imitaciones a madera de los cruceros
actuales. En el Titanic era todo auténtico. Era difícil de creer que se hubiera
aplicado tanta energía y nivel de detalle para la decoración de un barco. La
naviera no consintió que ningún artesano realizara dichas obras de arte, buscó
por toda Europa a los mejores en su estilo para que trabajaran para estos
barcos. Seda, terciopelo, lino, tupidas alfombras lujosas.
El gran comedor de primera clase
de estilo jacobino y pintado de blanco contaba con unas puertas y ventanas con
cristales emplomados. Cubertería de plata y fina porcelana china pintada a
mano. La sala de palmeras contaba con mobiliario de mimbre en cómodos cojines
esponjosos y suaves. El restaurante a la carta fue apodado por los pasajeros
como Ritz. El comedor de ese restaurante estaba decorado con tonos más cálidos,
dorados, marrones y rosas. En éste restaurante trabajaba el único español de la
tripulación, Juan Monrós, y fue considerado como el mejor restaurante del
mundo, no sólo a bordo de un barco, si no de todo el planeta. Las cafeterías
del barco (el café Veranda y el café Parisien o parisino) contaban con
enredaderas reales enrolladas por los enrejados, terrazas con vistas al mar, mobiliario
de mimbre, suelo de madera, una fuente… se dice que fue muy popular durante el
viaje y el consumo de comidas o bebidas en estas cafeterías era completamente
gratuito. El café Parisien de la cubierta B es de gran agrado... Sólo hace
falta imaginarse sentado en una de sus butacas, tomando un café o un té con la
ventana bajada y sintiedo la suave y dulce brisa del mar, o esas sillas de
mimbre con el suelo de madera (algo impensable en un crucero actual) y ver de
fondo esa fuente al estilo de los cafés de París... Sin duda tenía un lujo
incomparable. Al parecer, el café Parisien resultó muy exitoso durante la
travesía. Y además estaba regentado por auténticos franceses. El café Veranda,
donde las mujeres se retiraban a tomar el té, con esas paredes blancas unidas a
las palmeras y el suelo de losetas triangulares y esos ventanales... había un
ambiente relajante ideal para leer un libro después de comer mientras tomabas
algo con vistas al mar.
La sala de fumadores de primera
clase contaba con suelo de linóleo, incrustaciones de nácar en los paneles de
madera, cristales emplomados decorativos, una inmensa chimenea funcional de
mármol, asientos de cuero. El cuadro que cuelga sobre la chimenea de esa sala
es diferente al del Olympic. En el Olympic se veía un cuadro de tonos cálidos
llamado Aproximación al Nuevo Mundo, mientras que el del Titanic era El
puerto de Plymouth. A su regreso de Nueva York, el Titanic debería pasar
por ese mismo sitio al entrar a Inglaterra.
Tenía además sala de escritura y
lectura. Bibliotecas. El salón principal de primera clase no tenía nada que
envidiar al de un palacio, ocupando casi dos plantas de altura.
Los baños turcos, al lado de la
piscina, estaban decorados al estilo árabe y contaban con masajistas y
mayordomos personales, baños eléctricos donde también ponerse moreno. Decorados
con mosaicos azules, verdes, rojos y dorados, con una fuente de agua de mármol.
La piscina era climatizada, de agua salada, y de dos metros de profundidad.
Cerca se encontraba también la pista de squash, con una vitrina superior para
espectadores. También contaba con un gimnasio con máquinas de remos, potros
mecánicos, saco de boxeo, bicicletas estáticas, incluyendo un entrenador
personal.
Lo quizás más llamativo de la
primera clase fuese la grandiosa escalera, que ocupaba cinco cubiertas y que
estaba coronada con una gigantesca cúpula de cristal y hierro forjado que
dejaba entrar la luz natural diurnal, difuminándola y dándole un aspecto
celestial a la escalera. El ángel lámpara que hay al pie de la misma le
confiere un toque de elegancia e inocencia. Estaba hecha de roble macizo. En el
primer descansillo, el reloj se encuentra bordeado de una talla que representa
al honor y la gloria simulando coronar el tiempo.
Para la salud, el Titanic contaba
con su propio hospital a bordo, con quirófano incluido, a cargo del Dr.
O’Loughlin y su bromista ayudante John Simpson.
En la barbería del barco podías
afeitarte, cortarte el pelo o simplemente comprarte un recuerdo del viaje. Su
barbero, August Weikman, era conocido en Inglaterra como “El Rey del
enjabonamiento”. Solía afeitar a J.P. Morgan y el financiero no permitía que le
afeitara ningún otro. Durante los últimos 34 años había estado empleado por la
White Star Line como barbero a bordo de sus buques. Estuvo también en el Olympic
cuando chocó con el Hawke.
Cerca de las bodegas estaban las
perreras.
En la actualidad, los decorados
que vemos en los cruceros dejan mucho que desear en cuanto a lujo se refiere
comparándolo con el Titanic. Hoy en día se ha apostado por habitáculos
prefabricados, que lejos quedan de las preciosas tallas labradas a mano que se
podía ver en cada rincón del Titanic. La decoración del Titanic estaba
inspirada en la lujosa ornamentación del palacio de Versalles, con mobiliario
de estilo Luis XV y XVI, con entelados y tapizados, casi todas sus paredes
estaban empaneladas con una rica madera exquisitamente tallada, presencia
abundante del enmarcado y moldura, aplicaciones doradas...
Todo en el Titanic inspiraba una
sensación de solidez, de ser robusto, pesado y durarero, de ser de la más alta
calidad. Y lujoso. Lujoso, refinado, elegante, delicado en detalles. Una auténtica
joya. La prensa había dicho maravillas de ese coloso de los mares, y era
considerado por muchos, como la culminación del arte y la técnica de aquella
época increíble y llena de prodigios.
Incluso los pasajeros de primera
clase se quedaban con la boca abierta nada más subir al buque. La sala de
recepción (que daba a la sala de palmeras) estaba pintada del blanco más puro e
inmaculado que se haya visto. Disponía de varios sillones y mesas de mimbre,
tapizados con terciopelo granate, haciendo juego con la moqueta del suelo, que
estaba decorada con dibujos geométricos.
Había varias palmeras kentias
naturales colocadas entre los sillones y las columnas de la sala, y al fondo,
un inmenso piano de cola. Por las ventanas entraba gran cantidad de luz que
iluminaba la sala. Las ventanas, rectangulares y con forma de semicírculo en la
parte superior, estaban decoradas con hierro elegantemente forjado. Todo olía a
nuevo. El color blanco daba una sensación de pureza en la recepción, y las
plantas, representando la naturaleza
Aquella visión era excesivamente
lujosa para tratarse de un barco. Se podía ver a botones y mayordomos, vestidos
con impecables esmóquines y el pelo perfectamente arreglado y brillante,
cargando maletas de aquí para allá. Y no sólo el pelo de los empleados era
brillante; en el Titanic, todo cuanto había brillaba casi en exceso, incluso la
madera.
Edith Rosenbaum (Pasajera de primera
clase):
Este
es el barco más maravilloso que se pueda imaginar. En longitud alcanzaría desde
la esquina de la Rue de la Paix hasta la Rue de Rivole. Tiene de todo lo
imaginable: piscina, baños turcos, gimnasio, pista de squash, cafés, jardines
de té, salas de fumadores, un salón más grande que el salón del Grand Hotel,
habitaciones enormes y dormitorios más grandes que el promedio del Paris Hotel.
Es monstruoso, y no puedo decir que me guste, ya que me siento como si
estuviera en un gran hotel en lugar de en un barco acogedor. Todo el mundo es
tan rígido y formal. Había cientos de ayudantes, campanilleros, camareros, azafatas
y ascensoristas. El decir que el barco es maravilloso es incuestionable, pero
no se tiene la acogedora sensación de estar en un barco de años anteriores.
Cada detalle estaba
exquisitamente realizado, con una delicadeza y precisión dignas del gusto más
exigente. Había sido un barco artesanal, desde las suntuosas barandas talladas
de roble y hierro forjado de la gran escalera hasta los dibujos de la fina
porcelana fueron realizados a mano. Sin duda fue un trabajo delicado, más
propio de los mejores artistas que de los mejores artesanos. El Titanic era una
auténtica obra de arte. 10.000 bombillas iluminaban el barco casi en exceso,
realzando el brillo del barniz y de los apliques dorados. Sobrecogía la
presencia de tanta belleza. Era como viajar en un sueño.
En los camarotes habían planos
detallados del barco, ya que era tan grande y complejo, que se podía recorrer
más de 3 km sin pasar dos veces por el mismo sitio.
La ropa que llevaban los
pasajeros del Titanic era variada, debido a la fuerte división de clases que
había en 1912. Por la tarde, los pasajeros de primera clase se vestían con sus
mejores galas para asistir a la cena.
Los hombres llevaban esmoquin con
pajarita blanca, sombreros de copa y zapatos relucientes. Las mujeres se ponían
sus mejores galas para lucirlas en la cena. Se dice que una pasajera de primera
clase llevó 70 vestidos para una semana que duraba el viaje.
Lo que se llevaba entonces eran
telas con colorido, como la seda. Las mangas eran abombadas y estaban
ribeteadas con encaje. Los adornos diseñados con puntilla eran también muy
populares.
En tercera clase, los hombres
llevaban bombachos y camisas; las mujeres vestían faldas largas, botas y blusas
de cuello alto.
En el medio, los pasajeros de
segunda clase disponían de algo de ropa entre la que podían elegir, pero aun
así, solo podían soñar con los armarios de los pasajeros de primera clase.
Los perros que viajaban en el
Titanic eran de razas variadas: Airedale Terrier, Pekineses, Pomeranias y Chow
Chow.
La lengua más hablada en el Titanic
era el inglés, ya que la mayor parte de los pasajeros eran americanos o
ingleses. Le seguía el sueco, puesto que había un gran número de suecos a
bordo, que eran en su mayoría pasajeros de tercera clase.
V
En Cherburgo, Francia, un grupo
de pasajeros y sacas de correo esperaban la llegada del Titanic para ser
embarcados. Cuando habían llegado allí, tras seis horas de viaje en tren, se
les había notificado que el Titanic, cuya llegada estaba prevista para las
16:30, se iba a retrasar como mínimo una hora, debido al incidente al salir de
puerto. Esta noticia decepcionó a muchos sin duda. Los nervios estaban a flor
de piel.
Richard Norris Williams (Pasajero de
primera clase):
Mozos
de cuerda corrían de acá para allá, aglomeraciones y empujones… gente nerviosa
porque habían perdido la maleta, mozos que reclamaban una propina más generosa
y empleados de la Thomas Cook tratando de apaciguar a algún tipo airado con
aires de superioridad que armaba alboroto.
Después de un agotador viaje de
seis horas en tren, ahora tendrían que esperar otro tanto, y encima, muchos de
ellos, de mal humor, pero c’est
la vie. Seguramente uno de los empleados más
agobiados y con mayor responsabilidad fuese Nicholas Martin, el gerente de la
White Star en París.
Los pasajeros podrían ir a dar un
paseo para hacer tiempo, pero no podían llevarse todo su equipaje consigo y
tampoco querían dejarlo solo. A las 17:00, los empleados avisan a los pasajeros
para que vayan embarcando en los transbordadores. Los pasajeros que esperaban
la llegada del Titanic a Francia suben a los transbordadores. A las 17:30 el
Titanic se acerca a Cherburgo, apenas 38 km de distancia atrás del canal. A esa
hora también, se da un ultimatum a los pasajeros que aun no hayan embarcado en
el Nomadic y el Traffic, y ambos transbordadores parten hacia mar adentro.
Estos pequeños transbordadores habían hecho lo mismo otras doce veces para el
Olympic anteriormente, y ahora, en el viaje número trece, le tocaba el turno al
Titanic.
Richard Norris Williams (Pasajero de
primera clase):
Deslizarse
sobre las olas fuera del puerto resulta interesante durante un rato, pero luego
aburre. El aire de la sala está cargado, así que sales a cubierta a dar otro
paseo, sin otra cosa que hacer que esperar. Innumerables falsas alarmas sobre
el avistamiento del Titanic. Continúa la espera. Ligero interés fugaz por un
barco de pescadores. Y continúa la espera.
A las 18:00 continúan esperando. Dentro
del transbordador, a la espera, Margaret Brown describió la escena como en “una atmósfera fría y gris.”
Pronto, un faro al final de un
largo rompeolas apareció en el rumbo del Titanic, que marca el final de la
entrada de Cherbourg Roads. El barco hechó el ancla a las afueras, junto al
Cabo de la Hogue, el Titanic se encontró con el Traffic y el Nomadic. El barco
era demasiado grande como para acercarse al puerto, de modo que los pasajeros
debían ser transferidos hasta el Titanic por medio de pequeños ferrys. El
Titanic llegó por fin a eso de las 18:30. Quince minutos más tarde, el Nomadic
se está aproximando al barco, mientras que el Traffic ya había llegado a él. A
las 18:49 el sol se hundió bajo el horizonte, bañando los acantilados de tiza
próximos a la costa francesa con un resplandor rojizo.
Una ráfaga de viento se levantó
al atardecer, levantando olas lo suficientemente fuertes como para hacer que
las dos embarcaciones se movieran alarmantemente al acercarse al Titanic,
golpeando el costado del barco de vez en cuando. Los transbordadores se mecían
con las olas. Subían y bajaban, golpeando el casco del inamovible Titanic. El
gigantesco crucero ni se inmutaba por las olas.
Permanecía tan inmóvil y
estable como cuando había estado amarrado al puerto de Southampton. A bordo no
se sentía el más mínimo oleaje ni sacudida del mar. Maggie Brown dijo que al
embarcar en Cherburgo, el mar estaba tan agitado que algunos pasajeros se
marearon.
Edith Rosenbaum (Pasajera de primera
clase):
El
transbordador empezó a golpear sus flancos con tanta fuerza que temí que se
partiera en dos.
Edith Rosenbaum se sintió mal
repentinamente. Había tenido una extraña sensación sobre embarcar en el Titanic
y, a pesar de que su secretaria la había calmado, ahora de nuevo volvía a tener
esa extraña sensación. Quiso volver a Cherburgo y le preguntó a Nicholas
Martin, quien había acompañado a los pasajeros en el Nomadic, si podría volver
a puerto con su equipaje:
- De acuerdo, tome otro barco –le
dijo él-, pero su equipaje tiene que quedarse aquí.
Cuando Edith le preguntó si el
equipaje estaba asegurado, él respondió:
- Eso es ridículo. Este barco es
insumergible.
- Mi equipaje vale más que yo,
asique me quedaré con él.
Edith no tuvo más remedio que
realizar aquel viaje a pesar de sus miedos.
Pasajeros, equipajes y correo
fueron llevados a bordo sin incidentes. En la próxima hora y media desembarcan 20
pasajeros y embarcan 274 pasajeros más.
En una carta escrita al día
siguiente, Ramón Artagaveytia dijo lo siguiente:
En
la entrada había unos cincuenta mayordomos. Uno de ellos agarró mi equipaje y
lo llevó a mi planta, la B, en un ascensor.
A bordo, la cena se anunciaba a
las siete en punto de la tarde. Los pasajeros, ataviados con sus mejores
atuendos de noche, descendían por la gran escalinata central y llegaban a la
recepción. Aquí los camareros servían cocktailes mientras los músicos del
Titanic ambientaban la velada.
De los camareros del Titanic, se
esperaba que supieran hacer de todo. Los cóckteles era algo reservado para los
millonarios de a bordo.
Alexander James Littlejohn era
uno de los 123 camareros del barco. Les pagaban el salario mínimo, pero
contaban con unas generosas propinas de los pasajeros adinerados como
complemento a sus ingresos. Alexander Littlejohn servía mesas, y licores a los
caballeros después de la cena. Alexander James Littlejohn tenía el cabello oscuro
y llevaba bigote, pero seis meses después del hundimiento del Titanic
presentaba un pelo blanco como la nieve, incluso el de las cejas estaba canoso
debido a la conmoción. Demuestra que los acontecimientos de aquella noche no se
le habían quitado de la cabeza. A pesar de ese terrible recuerdo del Titanic,
Littlejohn continuó trabajando como camarero de primera clase en otros
cruceros.
Entre los nuevos pasajeros que
habían embarcado se encontraba John Jacob Astor IV y su joven esposa Madeleine,
que estaba en cinta. Ella contaba con tan sólo 19 años en ese momento. Su
estado de salud era frágil y su esposo de 47 años la colmaba de todos los
cuidados personalemente. Madeleine, con su delicado y suave rostro, se mostraba
pálida y enfermiza. Con la mirada perdida y ojerosa, perdía el glamour de su
belleza que tan espléndida se había mostrado con anterioridad. Volvían a Nueva
York de su luna de miel.
Otra pareja de luna de miel, y
que también acaparó la atención de sus compañeros de viaje, fue la formada por
los madrileños Víctor Peñasco y Castellana y su esposa María Josefa Pérez de
Soto, de 24 y 22 años respectivamente. Los pasajeros millonarios ingleses y
estadounidenses recordarían más tarde la ternura que les inspiraba al verlos
tan jóvenes y tan enamorados, eran una pareja deliciosa y rica, y su vitalidad
y alegría eran dignas de admiración por sus compañeros. Helen Bishop, pasajera
de primera clase, declararía más tarde en referencia al matrimonio Peñasco:
Eran
como dos pequeños canarios… encantadores, y estaban pasando una luna de miel
tan feliz que todo el mundo se interesó por ellos en el Titanic.
20:00. Los nuevos pasajeros se
instalan. El restaurante a la carta abre sus puertas para exclusiva disposición
de los pasajeros de primera clase hasta las 23:00.
Antes de que el Titanic se
alejase de Francia, se desembarca un canario que había sido dejado al cuidado
del sobrecargo McElroy desde Southampton, propiedad de un tal Mr. Meanwell, que
vivía en Francia. El sobrecargo McElroy estuvo muy contento de tener un
pajarito en su oficina y de cuidarlo. No fue la única ave a bordo. La pasajera
Marie Young, de primera clase, llevaba con ella un pollo que apreciaba mucho y,
cuando uno de los dos carpinteros del barco, John H. Hutchinson, se ofreció
para cuidar del animalito, ella le obsequió con unas monedas de oro por su
amabilidad. “Es
de tan buena suerte recibir oro en un primer viaje,”
exclamó Hutchinson. En el Titanic, el término “carpintero” venía de los tiempos
de los barcos de madera. El equivalente más cercano sería técnico del casco y
controlador de daños.
Thomas Andrews escribe una carta
a su esposa, que será desembarcada al día siguiente:
Llegamos
aquí con buen tiempo y subieron a bordo un buen número de pasajeros. Los dos
pequeños transbordadores, el Nomadic y el Traffic, tenían muy buen aspecto,
recordarás que los construímos hace un año más o menos. Esperamos llegar a
Queenstown alrededor de las 10:30 de la mañana. El tiempo es bueno y todo
augura un buen viaje. Tengo un asiento en el comedor en la mesa del médico.
A las 20:00 más o menos se alejan
los transbordadores y el Titanic propina tres fuertes ráfagas de vapor como
advertencia. A las 20:10 el Titanic eleva anclas y pone rumbo a Queenstown,
atraviesa el Canal de la Mancha de nuevo.
A medida que el Titanic se
alejaba de Cherburgo los pasajeros más experimentados pronto se acomodaron en
las rutinas habituales de abordo, mientras que los novatos en viajes
transatlánticos deambulaban por la nave, observando todas las maravillas de
éste nuevo buque majestuoso. A medida que los pasajeros de primera clase
estaban bebiendo sus licores o el café después de cenar, la orquesta del barco
comenzó a tocar en la cubierta A. A las 23:00 horas, el concierto había seguido
su curso y los pasajeros comenzaron a aletargarse, algunos a retirarse a
dormir, otros a relajarse con sus amigos en algunos de los salones o
habitaciones para fumadores, mientras otros seguían explorando. Hasta un
exquisito paladar como el del periodista William Thomas Stead estaba asombrado.
En una carta desembarcada en Queenstown al día siguiente escribió con franca
admiración: “Este
barco es una monstruosa babilonia flotante”.
La primera noche, la gente
consultaría la lista de pasajeros en busca de nombres conocidos. La White Star
Line había impreso la lista en un folleto pequeño y atractivo para ellos.
A medianoche se retroceden los
relojes 25 minutos.
VI
Jueves, 11 de abril de 1912
6:00. Apertura diaria de la
piscina climatizada sólo para hombres. A partir de las 9:00 es para ambos sexos.
Se actualiza los instrumentos de navegación. Al amanecer, el capitán hizo
ejercicios con la nave, evaluando sus capacidades de maniobra.
8:30. Desayuno hasta las 10:30.
Los pasajeros disfrtan de un buen tiempo para pasear y conocer el barco.
Algunos pasajeros de primera clase descienden a las cubiertas inferiores pero
no hablan con los pasajeros de menor nivel económico. Sólo frecuentan esas
zonas para pasear con los perros.
Carta del primer oficial William
Murdoch a sus padres:
SS
Titanic
En:
cerca de Queenstown
Jueves
11 de abril de 1912
Queridos
papá y mamá:
Sólo
una breve nota para haceros saber que a ésta altura del viaje todo va bien.
Hemos tenido tiempo bueno y claro y se ve bien hasta ahora. Cuando nos íbamos
de Southampton y pasamos al Oceanic y al New York, que estaban amarrados
juntos, osciló tanto que el New York rompió sus amarras y quedó a la deriva y
por poco no tenemos daños graves nosotros o él mismo, sin embargo, no nos llegó
a tocar y no creo que ni el New York ni el Oceanic tengan algún daño en
absoluto. Dejé a Ada muy bien ayer por la mañana. Teníamos una carta de
Margaret del martes 9 de abril y se alegraron de saber que estábamos bien.
Estamos consiguiendo una buena navegación aunque simple hasta ahora, pero
debido a la huelga del carbón, sólo vamos a diecinueve o veinte nudos por hora.
Espero que estéis bien y tú, madre, que lo tengas mucho más fácil con tu
problema. También espero que Agnes y Margaret estén en buena forma. Con el
cariño más grande para todos, y espero tener noticias de alguno de vosotros en
Q’town.
De
vuestro afectivo hijo, William M. Murdoch.
Carta de Frank Millet, pasajero
de primera clase, a su amigo Alfred Parsons:
A
bordo del R.M.S. Titanic, 11 de abril de 1912.
Querido
Alfred:
He
recibido tu carta esta mañana y me he alegrado de tener noticias tuyas. Creo
que te dije que estoy viajando en el Titanic. Tiene de todo, menos taxis y
teatros. Table d’hôte, restaurante a la carta, gimnasio, baño turco, pista de
squash, jardines de palmeras, salas de fumadores para damas y para caballeros,
supongo que a fin de que las mujeres infesten las salas de fumadores de los
homobres como hacen en los buques franceses y alemanes. El equipamiento es
equivalente al de Haddon Hall y resulta de lo más agradable por su diseño y color.
Las habitaciones son más grandes que las habitaciones normales de hotel y mucho
más lujosas, con camas de madera, tocador, agua fría y caliente, etc., etc.,
ventiladores eléctricos, estufa eléctrica y todo lo demás. Las suites, con
cortinas de damasco y mobiliario de roble y caoba, son realmente opulentas y de
buen gusto. Es el mejor camarote que he tenido nunca, y no es de los mejores.
Un gran pasillo largo para colgar la ropa y, junto a una gran lámpara, una
ventana cuadrada tan grande como la del estudio. Incontables muebles, armarios,
ropero, cómoda, sofa, etc., etc., No parece que estemos en el mar. No tienes
idea de lo espacioso que es este barco ni de la extensión y tamaño de las
cubiertas. La cubierta superior dispone de un espacio despejado casi tan grande
como nuestra pista de tenis y las butacas de las cubiertas son casi tan amplias
como nuestro patio grande. Si hay quinientas personas en cubierta, casi no se
nota. Hay un montón de gente rara en el barco. Si echo un vistazo a la lista,
solo encuentro a tres o cuatro conocidos, pero hay bastante de los nuestros,
creo, y un buen número de detestables americanas ostentosas, el azote de
cualquiera de los lugares que infestan, y mucho peores a bordo de un barco que
en cualquier otro sitio. Muchas van con perritos y guían a sus maridos como
ovejas domesticadas. Te aseguro que cuando se ponen a hacer algo, las mujeres
americanas son unas tiarronas. Habría que meterlas en un harén y no dejarlas
salir.
Sí,
pasé una temporada infernal en Roma y, si esto sigue así, lo dejaré. No pienso
perder el tiempo y el buen humor. Creo que Mead dimitirá. Lily te hablará de
ella, la puta causa problemas en todas partes, y él, pobre desgraciado, tiene
que ocuparse de ella día y noche. Me da pena.
Escribí
desde París el día que llegamos. No pude decir dónde nos alojaríamos porque no
sabía si Lily iría al Grand o no. Nos pareció excelente.
Tu
amigo: Frank.
La referencia que hace Millet a
“gente rara” o “de los nuestros” puede deberse a los homosexuales y/o
bisexuales a bordo.
10:30. Se realiza la inspección
del capitán, acompañado por el ingeniero jefe de máquinas, Joseph Bell, El
sobrecargo McElroy y Latimer. También lo inspeccionan Andrews y el grupo de
garantía. Se realiza una simulación de emergencia y se da la campana de señal y
el cierra de las puertas herméticas. Poco después, el barco guía se acerca para
llevar al Titanic a Queenstown.
En la mañana del 11 de abril, el
vapor avista la costa irlandesa con las montañas grises de Cork levantándose
levemente sobre el horizonte. Era una mañana fría y los pasajeros no estaban
dispuestos a desafiar al fuerte viento para tomar el sol en las cubiertas
abiertas, prefiriendo ver cómo se acercaban a la orilla desde unos pasillos o
sala pública. Aunque más tarde se asomarían para recibir a los nuevos
compañeros de viaje. El cielo estaba encapotado y de cuando en cuando los rayos
de sol se filtraba entre las nubes.
La costa sur de Irlanda es una de
las más bellas de Europa, con sus altos acantilados de granito, a menudo
coronado por un castillo solitario y arruinado o torres de señales, de pie como
un centinela sobre innumerables calas y playas, e imposibles campos y pastos
verdes extendiéndose detrás de ellos. Pronto el Old Head of Kinsale estaba a la
vista, una imagen familiar para cualquier viajero transatlántico, con su
promotorio rocoso coronado por un faro alto, a menudo utilizado por los
capitanes como llegada a tierra y solución de navegación. Nada más en la puerta
yacía el puerto de Cork. A medida que el Titanic se acercaba al Faro Daunt, a
pocos kilómetros del sur de Queenstown, fue desacelerando para recoger al
piloto y luego procedió majestuosamente hacia el puerto. Los pasajeros podían
ver ahora las fortalezas gemelas que guardaban la entrada del puerto, así como
la multitud de personas que recubrían la orilla que había acudido a ver el
nuevo barco llegando a Queenstown.
A las 11:30 el barco se aproxima
a Queenstown. Es la última escala. Ismay discute con el ingeniero Bell su
consentimiento de poner la nave a toda velocidad el lunes, y quizás llegar el
martes a Nueva York, en lugar del miércoles como se tenía planeado. El Titanic,
al ser un barco nuevo, debería ir siendo trabajado poco a poco, no podían poner
las máquinas a toda potencia de golpe y porrazo sin que estén rodadas.
Los pasajeros que esperaban
embarcar en el Titanic habían comenzado a llegar horas antes, algunos de
lugares tan lejanos como de la ciudad de Cork. Fue admirado, como el día
anterior, a medida que el crucero se deslizaba poco a poco rodeando Roche Point
y echó el ancla a dos millas de la costa.
Lawrence Beesley (Pasajero de segunda
clase):
La
costa de Irlanda se veía preciosa según nos aproximábamos al puerto de
Queenstown, el brillante sol matutino mostraba las altas colinas verdes y seleccionando
grupos de viviendas salpicando aquí y allí sobre los escarpados acantilados
grises que bordeaban la costa. Tomamos a bordo al piloto y avanzamos lentamente
hacia el puerto con la profundidad disminuyendo en todo momento, y llegó una
parada bien fuera en el mar, con nuestros remaches batiendo el fondo y tornando
el mar marrón con la arena de abajo. Me pareció que el barco se detuvo de
repente, y en mi ignorancia sobre la profundidad de la entrada al puerto, que
la línea de flotación había revelado una menor profundidad de lo que se creía
seguro para el gran tamaño del Titanic: ésto parecía ser confirmado con la
vista de la arena removida desde el fondo, pero esto es mera suposición.
Los transbordadores gemelos
Ireland y Amerika fueron a lo largo del Titanic y se comenzó la transferencia
de pasajeros y correos. Había 130 pasajeros nuevos, jóvenes y mujeres
irlandesas, que a menudo no habían recorrido más de un día de distancia de sus
casas, así como cerca de 1.400 sacos de correo. El puñado de personas que sólo
tenían reservado pasaje hasta Queenstown abandonó el barco, entre ellos la
familia Odell y el padre Browne.
Una pequeña flota de ferrys
siguieron la estela de los dos transbordadores, llenos de vendedores de
diversos tipos de mercancías. Se les
permitió subir a bordo y durante una hora más o menos, la cubierta de paseo se
transformó en un improvisado mercadillo al aire libre, con cordones de hilo,
porcelanas y cerámicas. El multimillonario John Jacob Astor IV quedó tan
impresionado por una chaqueta de encaje que pagó 800 $ en el acto. Todo dinero
era poco para mimar a su dulce Madeleine.
En la cubierta A, a lo largo de
la zona abierta, hay unos cables para colgar una lona en caso de que la
iluminación sea demasiado fuerte. Hay evidencia de que se usó en Queenstown,
pero no se volvió a usa más durante el viaje. Habiendo nubes y claros aquel
día, es de suponer que estarían probándolo, nada más. Las nubes grises
restarían mucha iluminación natural a las cubiertas y para nada sería tan
potente como para bajar esa lona.
Los radiogramas sobre la
navegación del buque o de la compañía son gratis, el resto son pagados. Para
los pasajeros costaba 12 chelines y 6 peniques las primeras diez palabras y 9
peniques por palabra añadida. El capitán Smith recibió al menos 18 mensajes de
felicitación por comandar el Titanic. El telegrafista Phillips le dijo a su
ayudante, Harold Bride, que Ismay estaba a bordo y, aunque Bride no lo
conociera personalmente, lo reconoció por el nombre. La tripulación felicita a
John Phillips por su cumpleaños. El muchacho cumplía ese día 25 años.
Harold S. Bride (Telegrafista
asistente):
Para
enviar un mensaje, los pasajeros van a la oficina del sobrecargo, se les
entrega un formulario y se escribe el mensaje. El sobrecargo se hace cargo de
él y, de paso, nos lo envía a de nuevo a la compañía Marconi. El precio le es
pagado al sobrecargo en la mayoría de las naves. En el caso del Titanic, el
mensaje se nos era enviado a través de un tubo neumático a nuestra oficina.
Un
mensaje para el capitán era escrito en un papel y cerrado en un sobre. Se lo
cerramos para el capitán en el Titanic. Era nuestro deber cercionarnos, de
alguna u otra manera, que ese mensaje era entregado al capitán; o entregado al
hombre responsable, como puede ser el mayordomo del capitán, o tomarlo nosotros
mismos.
Al mediodía se retroceden los
relojes de la tripulación 29 minutos. Los relojes públicos se retroceden 59
minutos.
12:30, se anuncia el almuerzo
hasta las 14:30. las barcazas Amerika e Ireland transportan 7 pasajeros de
segunda y 113 de tercera. Se suman 1.385 paquetes postales. Un fogonero, John
Coffey, nativo de Queenstown, escondido en una barcaza desierta del Titanic.
Más periodistas llegan al Titanic. Cuando los comerciantes se van, un fogonero
con la cara negra por el hollín se asoma desde la cuarta chimenea, chimenea
falsa llamada como “la chimenea tonta”. Algunas mujeres lo interpretan como un
mal presagio.
13:15. El padre Browne, desde la
barcaza, toma una fotografía del capitán asomado desde el puente. A popa,
Eugene Daly toca con su gaita a modo de despedida de su Irlanda natal la
canción Erin's Lament.
Tan pronto como el último
pasajero y el último saco de correos hubieron sido trasladados, el Titanic dio
un toque largo, una señal para que las embarcaciones se retirasen, asi como las
pasarelas y amarres, y con un repique de campanas de los telemotores, el gran
barco se puso en marcha de nuevo.
13:30. El Titanic parte hacia
Nueva York y es seguido por una bandada de gaviotas atraída por los restos de
comida arrojada al mar por las aguas residuales del Titanic. Otra parada en el
Faro Daunt para dejar al piloto y el Titanic dejaba la costa irlandesa para
adentrarse en el Atlántico.
El capitán Smith continuó
marcando el rumbo a unas pocas millas de la costa, para dar a sus pasajeros el
máximo beneficio de la espléndida vista. En poco tiempo, el Titanic había
dejado el Old Head of Kinsale atrás, seguido de Court Macsherry Bay, las 7
cabezas (The seven heads) y el macizo conocido de Galley Head. Se cuenta que, volviendo
al curso, pasan tan cerca de un pesquero francés que los hombres son bañados
por las olas de la proa, aunque dudo mucho que eso haya sido posible sin que el
pequeño pesquero no fuese arrastrado por las hélices. El barco responde con un
silbido de las chimeneas.
Ese mismo día, es el pre-estreno
de la película The lucky hold up, cuya actriz protagonista, Dorothy
Gibson, se encuentra a bordo del Titanic regresando a Nueva York. La chica de
22 años era además de actriz de cine, cantante, bailarina y modelo. Dorothy y
su madre estaban en París cuando se reservó su pasaje de regreso en el Titanic,
y lo abordaron cuando el barco se detuvo en Cherburgo en la noche del 10 de
abril.
A media tarde habían pasado Stags
y Kedge Island y alrededor de la hora del té, Fastret Light estaba a la vista.
Durante años después, la historia sería contada en torno a más de una mesa de
cena, al lado del fuego en la tarde, o en la barra de algún pub local sobre
cómo padre, hijo, hija o esposa habían visto el Titanic ese día. La imagen de
su gracia y belleza quedaría indeleblemente grabada en su memoria mientras
pasaba con sus superestructuras brillando a la luz del sol resplandeciente de
abril. Al caer la noche, Irlanda había
quedado atrás y muchos inmigrantes irlandeses se reunieron en la cubierta de
popa para dar una última mirada a su patria. Cualquiera que fuera la suerte que
tuvieran en América, era dudoso que muchos de ellos lograran tener el dinero o
tiempo suficiente para volver.
En las horas siguientes, el navío
navega a 19,5 nudos pasando el cabo Kinsale y a menos de 10 km de la costa, por
el canal de San Jorge, sería visto por innumerables personas.
Se esperaba que el tiempo fuese
claro y despejado durante los próximos días, ninguno de los oficiales del
Titanic anticipaban más que un simple cruce del océano. Harland & Wolff
habían hecho un trabajo magnífico con
este nuevo barco y los oficiales del Titanic, el personal y el equipo se
instalaron en una rutina de tareas de abordo diarias.
En tercera clase, a pesar de no
contar con las comodidades de la primera, se había acomodado muy a gusto. De
repente se están encontrando con más tiempo libre del que habían tenido antes.
Los inmigrantes ingleses, irlandeses, suecos, filandeses, alemanes, italianos,
etc., poco a poco trataban de conocerse unos a otros. A menudo con las
generalizaciones de sospechas y prejuicios, por no hablar de la barrera del
idioma difícil de superar. No fue un proceso fácil, y en su mayor parte, las
diversas nacionalidades trataban de permanecer juntas. Pero no parecía excesivo
el número de pasajeros músicos de tercera clase y casi todas las noches había
música y bailes en los salones de tercera. Los pasajeros de tercera parecía muy
contentos con sus alojamientos y hubo muy pocas quejas. Nadie podía negar que
la cubierta de popa del barco ofrecía una de las vistas más espectaculares del
mar. Debido a que era una zona exclusivamente de tercera clase, los pasajeros
solían reunirse en gran número en ella durante el día.
A las 18:00 se anuncia la cena. A
las 20:00 se abre el restaurante a la carta.
VII
J.C.H. Beaumont (Médico del Olympic,
hablando sobre el Dr. O´Loughin del Titanic):
Si
él tuvo alguna premonición sobre el Titanic (creo que es sabido que McElroy la
tuvo), no puedo decirlo, pero sé que durante una charla con él en el South
Western Hotel, él me contó que estaba cansado en ese momento de la vida como
para cambiar de una nave a otra. Cuando él mencionó esto al capitán Smith, éste
le reprendió por vago y le dijo que hiciera las maletas y fuera con él. Así fue
que, por azar, “Billy” debería ir en el Titanic y yo en el Olympic.
Viernes, 12 de abril de 1912
A las 4:00 se retroceden todos
los relojes 30 minutos.
8:30, se anuncia el desayuno.
Smith visitaba diariamente la
tercera clase como parte de su inspección diaria. Un día se acercó a una niñita
y le dio unas palmaditas en la cabeza. Era Milvina Dean. Solía ir acompañado de
McElroy, como lo fue en la noche del hundimiento cuando fue visto por varios
testigos bajo cubierta.
10:30. Inspección del capitán y sus
asistentes.
A mediodía, todos los días, el
capitán y sus oficiales se reunían en el ala de babor del puente, cada uno con
un sextante en la mano. Cada uno tomaba una serie de avistamientos del sol para
calcular la posición exacta de la nave, así como la distancia recorrida en las
últimas 24 horas. Al igual que otros buques de la época, el Titanic celebraba
un sorteo para que los pasajeros apostaran en la distancia de la jornada. Una
vez que los avistamientos del sol del mediodía fueron tomados y se conocía la
distancia, la sirena del barco sonaba y aquellos pasajeros que habían hecho sus
apuestas se reunían en el salón de primera clase a la espera de los
resultados. El Titanic recorre 778,75 km
con un tiempo claro y despejado. Para pasar el tiempo, algunos pasajeros se
entretienen bailando con la orquesta, otros apuestan por la velocidad y la
llegada a Nueva York. Ismay había dicho que llegarían a Nueva York en la mañana
del miércoles pero algunos oficiales indicaron que el martes por la noche sería
lo más probable. De todas maneras, ésto sólo eran rumores y no hay pruebas cien
por cien fiables de ello.
También, al mediodía, se
retrocede los relojes de la tripulación 24 minutos mientras que los de los
pasajeros se retroceden 49 minutos.
17:46. Se recibe el primer
mensaje avisando del hielo. Procede del La Touraine, y decía así: “Para el capitán: Titanic.
Mi posición de las 7 de la tarde GMT, latitud 49.28 longitud 26.28 O. Densa
niebla desde esta noche a través de grueso campo de hielo en la latitud 44.58
longitud 50.40. El Paris vió otro campo de hielo y dos icebergs en latitud 45.20
longitud 45.09. El Paris vio uno abandonado en latitud 40.56 longitud 68.38. del
Paris. Por favor, dénme su posición. Saludos cordiales y bon voyage.”
El Titanic le respondería a las
18:21 diciendo: “Al
capitán: La Touraine. Gracias por su mensaje e información. Mi posición a las 7
de la tarde GMT latitud 49.45 longitud 23.38 O. Greenwich; tenemos buen tiempo
y despejado; cumplidos – Smith”
En las últimas horas del 12 de
abril, varios pasajeros contaban historias de miedo en la sala de fumadores de
primera clase. Uno de ellos fue Stead. William Thomas Stead es descrito como un
hombre de pequeña estatura, barba entre cana y rubia, ojos grises y sumamente
enérgico. Stead, en la sala de fumadores esa noche, contó su historia sobre un sarcófago
egipcio, tallado, de Amon-Ra, heraldo de la muerte, que contenía la momia de
una faraona. La leyenda decía que quien pronunciara la inscripción del
sarcófago en voz alta sufriría calamidades. Stead dijo que dicho sarcófago iba
en las bodegas del barco, pero era mentira. Sólo era una historia que Stead y
un amigo habían inventado tiempo atrás. Stead, no sólo pronunció la inscripción
en voz alta si no que además dijo que no le tenía miedo a la maldición a pesar
de que habían pasado del día 12 al 13 mientras contaba la historia. De todos
los hombres que estaban escuchando la historia de Stead, sólo uno sobrevivió,
Frederick Seward, quien, cuando contó la anécdota a la prensa, se negó a volver
a pronunciar las palabras del viejo Stead por si acaso.
Sábado, 13 de abril de 1912
A las 3:00 se retroceden los
relojes de la tripulación 25 minutos. Todos los relojes a bordo están ahora
sincronizados.
Al mediodía se retroceden 23
minutos los relojes de la tripulación y 45 minutos los de los pasajeros.
Esa noche, el telégrafo presenta
problemas. Phillips y Bride se ven obligados a suspender momentáneamente el
tráfico. Entre las 23:00 del sábado y las 4:00 o 5:00 del domingo, la radio estuvo
rota.
En Southampton casi chocan con el
New York, en Queenstown encallan al acercarse a la costa, la radio se estropea
acumulándose el trabajo, no había prismáticos para los vigías y encima un
incendio en una de las carboneras acosa a los fogoneros desde antes de la
partida. Para tratarse de un barco nuevo hay bastantes contratiempos. Lo raro
es que la radio, cuando se probó en Belfast, estaba en perfectas condiciones.
Era nueva y a estrenar, y tras unos pocos días de uso ya se ha estropeado.
Phillips y Bride hicieron algo que nunca, bajo ningún concepto, se debe hacer:
abrir y desmontar por ellos mismos el equipo de radiotelegrafía. Eso sólo ha de
hacerlo un técnico cualificado, pero ellos tenían los conocimientos suficientes
para desmontarlo y montarlo sin problemas.
Domingo, 14 de abril de 1912
A las 4:00 se retroceden 22
minutos los relojes de la tripulación. Vuelven a estar todos sincronizados.
A las 5:00 más o menos, los
telegrafistas arreglan el telégrafo, los operadores están abrumados por la enorme
cantidad de mensajes acumulados. Los cables del transformador secundario se
habían quemado dentro de la caja e hicieron contacto con unos pernos de hierro.
Ataron esos cables con cintas de goma. Fue un trabajo de casi seis horas.
Phillips al principio pensó que uno de los condensadores se había roto y éstos
se sacaron y examinaron antes de localizar el daño en el transformador. Debido
a éste problema, Bride le prometió relevar a Phillips a las doce en vez de a
las dos la noche siguiente, ya que parecía muy cansado.
Harold S. Bride (Telegrafista
asistente):
El
domingo, Mr. Phillips y yo mismo tuvimos un gran problema, debido a los plomos
del transformador secundario, que se habían quemado dentro de la caja e
hicieron contacto con ciertos pernos de hierro situados juntos en el maderaje
del armazón, de este modo disminuyendo la potencia en gran medida. Después de
unir los plomos con cinta de goma, una vez más tuvimos el aparato en perfectas
condiciones para trabajar, pero no antes de estar cerca de seis horas con ello.
Teniendo
el problema, prometí relevar a Mr. Phillips en la siguiente noche a medianoche,
en lugar de la hora usual, las dos de la mañana, pues parecía muy cansado.
Usualmente Mr. Phillips empezaba su trabajo a las ocho de la tarde y continuaba
hasta las dos de la mañana. Me levantaba yo a las dos de la mañana para estar
trabajando hasta las ocho de la mañana. Durante el día, nos relevamos el uno al
otro para comodidad de cada uno, pero permaneciendo siempre uno al trabajo.
Podría
haber habido mensajes de pasajeros de otros buques, podrían haber mensajes para
el comandante, o podría haber habido mensajes franqueados de la oficina, o de
nuestro capitán, o de otras naves a nuestro capitán. Los mensajes para el
comandante referentes a la navegación de la nave, y todo lo relativo a la
compañía naviera. Los habían gratis entre nave y nave. Si el capitán Smith
hubiera enviado un mensaje a un pasajero debería ser gratis, porque la compañía
Marconi permitía al capitán y los oficiales del buque una subvención por tantas
palabras sin costo.
Aquella mañana amaneció con el
mar en calma y un ambiente fresco. El inmenso océano Atlántico se extendía
hasta donde lograba alcanzar la vista en todas direcciones. La suave brisa
acariciaba los rostros de los que madrugaron y se encontraban en cubierta. El
buque avanzaba imparable mientras que en sus entrañas, los motores rugían y
vibraban como nunca.
A las 7:30 Archibald Gracie juega
al Squash.
La pista de squash medía 9,14
metros de largo, 6,10 de ancho y 4,77 de altura. Sus tabiques de acero fueron
pintados en gris y el suelo fue recubierto por veitchi, salga de linóleo. Una
tribuna acogía a los espectadores y siendo protegida por una red, estuvo
situada en su extremidad trasera, al nivel de la cubierta F, dominando así toda
la pista. Una escalera ascendía hasta la tribuna, así como a la pista sobre la
cual los jugadores directamente accedían gracias a una puerta situada sobre el
puente G. La puerta de acero estaba atrás, sobre la pared izquierda. Había una
apertura en el centro del techo. Se trataba de una empalizada que da al puente
E que no tenía otro fin más que el de permitir la ventilación de la sala. No
estaba equipada con vestuarios, por lo que los pasajeros se debían cambiar en
sus camarotes antes de ir a jugar. Estaba bajo la responsabilidad de Frederick
Wright, un inglés de 24 años, jugador profesional que era miembro de la
tripulación y cuyo salario era de 1 libra semanal. Archibald Gracie lo
describió como “un
inglés típico, neto y preciso”. No existen fotografías
de las pistas de squash ni del Titanic ni del Olympic. Era sólo accesible para
pasajeros de primera clase, que debían comprar en la oficina del comisario
sobre el puente C un billete de acceso y que daba derecho a una sesión de media
hora que incluía la presentación del monitor. La pelota debía ser prevista por
el jugador, o bien podían alquilarse al oficial de cargo, como también
raquetas, en caso de no llevar las propias. La pista de squash habría sido
utilizada sólo una vez en los cuatro días de la travesía, aunque se dice que
otro pasajero, de segunda clase, tambien tuvo acceso esa misma noche. Los
jugadores no podían alquilar la pista durante más de una hora seguida, ya que
debían dejar a otros que también quisieran jugar. Archibald Gracie se citó con
el encargado para el día siguiente, lunes 15 de abril, a las 7:30, antes del
desayuno.
Después de jugar al squash,
Archibald Gracie se fue a dar un baño en la piscina. En una sala anexa se
encontraban los baños turcos y eléctricos. Un baño eléctrico en 1912 era
conocido también como un baño turco portátil. Éstos dispositivos fueron
montados en la parte anexa a los baños turcos del Titanic. Parece que se podía
elegir entre un baño de vapor o un baño de luces (como rayos UVA en el interior
del dispositivo). Además se podía elegir hasta cuatro lámparas adicionales para
un mejor bronceado. De todas formas, se informaba al usuario de las
precauciones a seguir y de cómo utilizar el dispositivo para no “dañar” su
salud.
Archibald Gracie (Pasajero de primera
clase):
En
los diversos viajes que he realizado a través del Atlántico, ha sido mi
costumbre a bordo de un barco, siempre que el tiempo me lo permita, hacer
ejercicio todos los días ya que es necesario para ponerme en unas condiciones
de primera en estado físico, pero a bordo del Titanic, durante los primeros
días de la travesía, del miércoles al sábado, me había apartado de ésto, de mi
usual régimen autoimpuesto, ya que durante éste intervalo había dedicado mi
tiempo al disfrute social y a la lectura de libros prestados de la bien
provista biblioteca del barco. Me divertí como si estuviera en un palacio
veraniego en la costa del mar, rodeado de todas las comodidades: no había nada
que indicara o sugeriera que estábamos en medio del tempestuoso océano Atlántico.
El movimiento del buque y el ruido de su maquinaria era escasamente discernible
en la cubierta o en los salones, ya sea de día o de noche. Pero cuando llegó la
mañana del domingo, consideré que era hora de comenzar con mis ejercicios
habituales, y determiné para el resto del viaje que frecuentaría la pista de
squash, el gimnasio, la piscina, etc. Me levanté temprano antes del desayuno y
quedé con el tenista profesional en un calentamiento de media hora, hasta
prepararme para un baño en la piscina de seis pies de profundidad y de agua
salada, climatizada a una temperatura refrescante. En ninguna piscina había
disfrutado de tanto placer antes. ¡Cómo se habría reducido mi disfrute de haber
tenido el presentimiento de que me vayan a decir que iba a ser mi última
zambullida, y que antes del amanecer del nuevo día volvería a estar nadando por
mi vida en medio del océano, bajo la superficie del agua y a una temperatura de
28 grados Fahrenheit!
En el gimnasio, el encargado era Thomas
McCawley, hombre ágil, atlético y de mejillas rojizas. En su tarjeta podía
leerse: “educador físico”, que vendría a ser mas o menos como un profesor de
educación física o un entrenador. Intoducía a los pasajeros en las maravillas
de la salud física mediante el ejercicio. Un caballo eléctrico, bicicletas
estáticas, remos, potros, pesas y saco de boxeo, entre otras cosas, se podían
encontrar a disposición de los pasajeros bajo la supervisión de McCawley,
aunque había mucha gente que sólo iba al gimnasio para mirar. El gimnasio satisfacía
el creciente interés por la salud y el deporte de la élite más a la moda.
Normalmente, los gimnasios eran territorios para hombres, pero el Titanic
rompió el molde y ofreció a las mujeres acceso exclusivo entre las 10:00 y las
13:00.
A las 8:30 se anuncia el desayuno.
También el domingo por la mañana,
después de terminar el desayuno, la tripulación hizo el servicio dominical
religioso siguiendo fielmente el ritual a bordo de un barco de pasajeros en el
mar. Era una vista impresionante: el capitán Smith a la cabeza, siguiendo por
los jefes de departamentos, el más alto funcionario de cada departamento: el
oficial jefe Wilde, el ingeniero jefe Joseph Bell, el comisario jefe y el
sobrecargo McElroy, todos con sus mejores uniformes.
John Dilley (bombero):
El
Titanic zarpó de Southampton el miércoles 10 de abril de 1912, al mediodía. Me
asignaron al Titanic desde el Oceanic, en el que servía como bombero. Desde el
día en que zarpó el Titanic había un fuego y mi único deber, junto con otros
once bomberos, fue luchar contra ese incendio. No habíamos logrado progreso con
ello. Había cientos de toneladas de carbón almacenadas allí. El carbón en la
parte superior del búnker estaba mojado, como debería estar todo el carbón,
pero en la parte baja se había secado. Los bomberos trabajan cuatro horas por
turno, así que doce de nosotros estábamos luchando contra las llamas desde el
día en que salimos de Southampton hasta chocar contra el iceberg. No señor, no
lográbamos apagar el incendio y los que estábamos allí hablemos sobre que
tendríamos que vaciar las grandes carboneras después de que dejásemos a todos
los pasajeros en Nueva York y llamar a barcos bomberos para pedir ayuda para
apagar el fuego.
Pero sí lo lograron, ese día
precisamente. Thomas Andrews lo había revisado y ordenó que se le aplicara una
mano de grasa al mamparo. Parece ser que el bunker, mientras estaba el fuego,
adquirió una tonalidad roja que brillaba en la oscuridad de la sala de
calderas.
A las 10:30 desde la sala de
máquinas, Bell anuncia “el
fuego se ha extinguido, pero una de las paredes del búnker que también es el
mamparo, se vio afectado.” El calor de allí hizo
que los hombres trabajaran medio desnudos en un ambiente lleno de polvo.
Para asegurarse que el fuego
estaba apagado y no daría más problemas, se trasladó todo el carbón de ese
búnker de estribor, así como los de los contiguos, al lado de babor, por lo que
ese desnivel de pesos en el barco hizo que ese día el barco navegara
ligeramente ladeado a babor.
Ese 14 de abril de 1912, Segundo
Domingo de Pascua, el Padre Byles, que viajaba en primera clase, bajó hasta
tercera clase para celebrar la Santa Misa junto con otro sacerdote de tercera
clase. Byles ofreció su discurso en inglés y en francés mientras que un
sacerdote alemán pronunciaba su discurso en alemán y húngaro. Su homilía fue
premonitoria: versó sobre la necesidad de un rescate espiritual mediante la
oración y los sacramentos en caso de que se produzca un naufragio, también
espiritual, causado por la tentación.
Buen tiempo, mar en calma, había
una brisa que soplaba desde el sudeste fría y moderada.
11:40, Recibido del Noordam de la
Hollan American Line, un aviso de hielo, el cual indica una gran cantidad de
presencia de grandes hielos en la posición reportada por el Caronia.
12:00, almuerzo festivo en el
comedor de primera clase. Dada la posición, la nave ha recorrido 878,6 km. El
índice subió a 21,5 nudos. Se hacen preparativos para encender otras cinco
calderas.
Se recibió un mensaje del Caronia
notificando hielo entre 49º y 51º a eso de las 13:00. Bride se lo dijo a
Murdoch y éste dijo: “Muy
bien.” Lightoller dijo que el barco iba alrededor
de 21 nudos en ese momento. Lightoller cuelga en el cuarto de derrota el
mensaje recibido por el Caronia después de habérselo mostrado a Murdoch. Entre
los oficiales comentaban cual podría ser la velocidad máxima de la nave.
Lightoller no estaba ansioso por ello, pero sí interesado.
Por norma general, la compañía
solía hacer prácticas de salvamento con los botes los domingos, pero ese día no
se hizo por el fuerte viento que soplaba y que no amainó hasta el atardecer.
Esther Hart (pasajera de segunda clase)
en una carta escrita aquella misma tarde:
Veo
una enorme extensión de mar, no hay tierra a la vista. Dicen que tal vez
lleguemos a Nueva York el martes por la noche. Los marineros dicen que hemos
tenido un tiempo maravilloso hasta el momento. No ha habido ninguna tempestad,
pero Dios sabe cómo será cuando ocurra. Hay muy buen tiempo, pero con un frío y
un viento terrible.
El pasajero de segunda clase Lawrence
Beesley tenía la ilusión de ver el barco completamente iluminado por la noche
amarrado en el puerto si realmente llegaban el martes por la noche. Creía que
debía ser una imagen preciosa y digna de ver.
13:42. Al mando del capitán
Ranson, el SS Baltic, de la White Star Line, envía un mensaje de hielo a 450 km
por delante del Titanic. El Mensaje es entregado al capitán Smith y éste se lo
da a Ismay que se disponía a comer. Cuando Smith entrega el mensaje de hielo a
Ismay no se intercambian ninguna palabra. Tan sólo se lo muestra para que sepa
qué tienen por delante.
13:45. El SS Amerika, el barco
más cercano a Cabo Race, Terranova, envía otro mensaje de hielo, informando de
la presencia de dos grandes icebergs observados ese mismo día. Éste mensaje
nunca llegó al puente. Poco después de recibir este mensaje, el aparato vuelve
a estropearse, aunque sólo por un breve periodo de tiempo.
14:00. Wilde asume su cargo en el
cuarto de navegación. Los oficiales discuten la posibilidad de encontrar hielo
y están de acuerdo en una cosa, que entrarán en la zona de peligro entre las
20:00 y la 1:00
16:35. Mensaje del SS Californian
de la Leyland Line, al mando del capitan Stanley Lord, reporta que el Caronia
de la Cunard Line, al mando del capitán Barr ha visto icebergs en la latitud 42
º N, longitud 40º 51 ' O.
17:30. La temperatura empieza a
bajar.
Archibald Gracie (Pasajero de primera
clase):
Hacia
la tarde, el reporte que oí, fue de mensajes inalámbricos de vapores que habían
pasado alertando a los oficiales de nuestro barco sobre la presencia de
icebergs y témpanos. El creciente frío y la necesidad de llevar ropas más
cálidas en cubierta eran signos externos y visibles que corroboraban éstas
advertencias. Pero a pesar de todo no se disminuyó la velocidad y se mantuvo
los motores en funcionamiento constante. En cincuenta años, nos decían los
viejos marineros, no habían tenido una masa tan grande de icebergs en esa época
del año vista tan al sur.
17:50. El capitán alrterna
ligeramente el curso del barco más al sur, supuestamente como precaución a los
hielos, pero no reduce la velocidad. El barco navega a 22 nudos. Ismay desafía
a Andrews con el argumento de que el cambio de rumbo posiblemente retrasará la
llegada a Nueva York. Se rumoreaba que el capitán, gran amante de los perros,
estaba preparando un concurso canino para el día siguiente.
18:00. Lightoller asume su
guardia sustituyendo a Wilde. Al timón Arthur Brigth y en la cofa Hogg y Evans.
18:30. Phillips y Bride reparan
el telégrafo y agilizan el envío de mensajes.
El domingo, Henry Samuel Etches
llegó a las 18:45 para ayudar a vestir a Andrews para la cena que, por norma
general era tomada con el médico de la nave, el Dr. O'Loughlin para después
retirarse y repasar sus notas. Aunque esa noche cenará con dos pasajeros, el
matrimonio Dick.
Lawrence Beesley (pasajero de segunda
clase):
Cada
noche, el sol se hundía justo frente a nuestros ojos a lo largo del mar,
haciendo un ondulado y brillante camino, una pista de oro trazada en el océano
que nuestra nave seguía sin vacilar hasta que el sol se escondía bajo la línea
del horizonte, y el camino se fue alejando por delante nuestra más rápido de lo
que nuestro buque podía navegar y se deslizó por el borde de la línea del
horizonte, como si el sol hubiera sido una bola de oro, y arrastraba su hilo
dorado con demasiada rapidez como para que podamos seguirla.
A las 19:00 era la hora de la
cena, generalmente.
A las 19:00, el Californian envía
un mensaje al Antillian, pero Bride lo confunde con el Baltic: “Tres grandes icebergs hacia
el sur a cinco millas de nosotros. Saludos.” El
Antillian le pregunta por la posición y el Californian se la dió: “Latitud 42,3 N longitud
49,9 O”. La temperatura sigue bajando: 6ºC.
19:15, Murdoch envía a comprobar
que las escotillas del castillo de proa estén cerradas para que la luz no
ciegue a los vigías.
A las 19:20 Bride contesta al
Californian: “Está
bien, he oído el envío y yo ya lo tengo.” (Tras la
trasmisión al barco que creía que era el Baltic.) Normalmente, los mensajes
enviados al puente van en sobre. El que Bride recibió del Californian en la
tarde del domingo no fue en ningún sobre. Se lo entregó al oficial de guardia,
el capitán no estaba allí en ese momento.
19:30. 4º C. Phillips reemplaza a
Bride para que pueda cenar. Escucha y anota el 5º mensaje de avisos de hielo,
procedente del Californian, reportando 3 grandes icebergs al sur. El mensaje se
envía al puente. Lo recibe Boxhall y anota los hielos en la carta de
navegación. Entre Phillips y Bride nunca hablaron de los avisos de hielo
recibidos. Ismay cena en el restaurante a la carta con el médico. El médico del
barco hace un brindis por el Titanic.
El matrimonio Widener se reúne
con el matrimonio Thayer, los Carter y su hijo Harry y Archie Butt en la sala
de recepción del restaurante a la carta.
A las 19:50 del domingo, el
Mesaba envió al Titanic: “En
latitud de 42 a 41º 25' N longitud de 49 a 50º 30' O se han avistado hielo de
grandes proporciones y gran cantidad de témpanos grandes y un campo de hielo.
Tiempo bueno y claro.” Parece ser que éste mensaje
no fue reportado al puente. MSG significa que es un mensaje personal para el
capitán, y éste mensaje fue el único que no tenía dicho prefijo, quizás por eso
no fue entregado al puente. Cuando Cyril Evans, el telegrafista del
Californian, trató de conectar con el Titanic a eso de las 23:00 esa noche
tampoco usó tal prefijo.
20:00. Se abre el restaurante a
la carta.
El domingo 14 de abril, Boxhall
entró de servicio a las 20:00 con Moody. Es posible que congeniaran bien. Parecidos
entre Boxhall y Moody, ambos eran jóvenes y de Yorkshire, Boxhall había
visitado Scarborough y la familia de Moody tenía amigos en Hull, ciudades de
donde eran originarios cada uno. También habían servido como aprendices en la
misma línea y estaban en el mismo turno. Moody ayuda a Lightoller en la guardia
y, poniéndole a prueba, Lightoller le pide que calcule cuándo estarán en la
región de los icebergs, a lo que el joven oficial informa que sobre las 23:00,
hora y media más tarde de lo que Lightoller calculó. Boxhall, tras recibir el
conjunto de estrellas en las cartas, le dice al sexto oficial: “Ahora Moody, vaya a hacer
su ronda por las cubiertas y vuelva a las nueve en punto.”
20:00 Symons y Jewell sustituyen
a Hogg y Evans en la cofa. Olliver revela a Bright. Phillips releva a Bride.
Phillips le dijo a Bride: “Terminaste,
muchacho. Vete a dormir un poco.” Antes de
retirarse, Bride estuvo charlando con Phillips por unos 20 o 30 minutos. Phillips
empezó a transmitir los mensajes a Cabo Race a las 20:30. Bride se acostó entre
las 20:30 y las 21:00. Cuando se fue a la cama, hasta que se quedó dormido,
estuvo escuchando los mensajes que Phillips enviaba a Cabo Race.
Mahala Douglas estaba sentada
cerca con su marido cenando y dijo que el capitán se sentó en la cabecera de la
mesa con Mrs. Widener a su derecha y Archie Butt a su izquierda. La velada
transcurrió tranquilamente y sin excesivos ánimos. Mrs. Widener afirmó que el
capitán no tomó alcohol. Marian Thayer monopolizó al mayor Butt. Los señores
Seward y Goldenberg dijeron que durante la cena con los Widener, el capitán
recibió un telegrama avisando del hielo.
20:30. La cena en honor al
capitán había concluido y estaban ahora en la recepción tomando un café con el
comandante, un cuarto de hora después, Smith se marchó.
20:40. La temperatura es de 0,5ºC
y Lightoller ordena inspeccionar el suministro de agua fresca del barco. Ordena
también que enciendan la calefacción en los cuartos de los oficiales.
20:55. El capitán Smith llega al
puente de mando. Lightoller vio al capitán de nuevo, cuando llegó al puente.
Alguien dijo: “Buenas
noches.” Hablaron sobre el clima, la tranquilidad,
las proximidades del hielo y cómo detectarlos... Estuvieron hablando de 20 a 25
minutos. El capitán dijo que si había niebla o neblina deberían navegar muy
despacio. Prueba del temor que le tenía a la niebla, más que al propio hielo. A
eso de las 21:20 se marchó. Le dijo: “Voy adentro, a la mínima duda,
consúlteme.” Lightoller: respondió: “Muy bien, señor.” La noche era clara y tranquila. Él no estaba preocupado por los
icebergs. No se aumentó la vigilancia.
21:00. En la cofa de vigías,
Jewell le dice a Symons:
- Hace
mucho frío aquí.
- Sí,
por el olor debe de haber hielo.
- ¿Por
qué?
- Por
regla general, se puede oler el hielo antes de llegar a él.
De 20:00 a 22:00, Jewell estaba
trabajando en el nido del cuervo junto con Symons. Siempre son las mismas
parejas en cada turno: Jewell y Symons, Fleet y Lee, Hogg y Evans.
Archibald Gracie (pasajero de primera
clase):
Esa
noche después de la cena, con mis compañeros de mesa como de costumbre, nos
levantamos y trasladamos la sesión al salón de palmeras, con algunos otros,
para tomar el usual café en las mesas individuales donde escuchábamos la
siempre agradable música de la orquesta del Titanic. En estas ocasiones, la
gala siempre estaba en regla, y era un tema de observación y de admiración el
que hubiera tantas y tan hermosas mujeres a bordo del barco.
Todas las noches, la orquesta del
Titanic tocaba en la sala de recepción al comedor de primera clase, más
conocida entre los pasajeros como la “sala de palmeras”. Sus uniformes eran
oscuros con solapas verdes en las que se fijaban unas insignias.
Archibald Gracie (Pasajero de primera
clase):
El
placer y el confort del que todos disfrutábamos en ese palacio flotante, con
sus extraordinarias provisiones a tal efecto, parecía una nefasta
característica para muchos de nosotros, incluyéndome a mí mismo, que sentía que
aquello era demasiado bueno para durar sin una terrible retribución infligida
por la mano de una enojada omnipotencia. Nuestro sentimiento al respecto fue
puesto en voz alta por uno de los más capaces y distinguidos de nuestros
compañeros de viaje, Mr. Charles M. Hays, presidente de los ferrocarriles Grand
Trunk de Canadá. Comprometido, como estaba, estudiando y proporcionando el
equipamiento hotelero a lo largo de la línea de nuevas extensiones de su propio
sistema ferroviario, la consideración del tema y de la magnificencia de la
decoración del Titanic lo trajo a colación.
Ésta fue la profética expresión con la que, por desgracia, selló en un
par de horas desde entonces: "Las líneas White Star, la Cunard y la
American-Hamburg, -dijo- están dedicando su atención a luchar por la supremacía
en la obtención de los más lujosos aposentos, pero pronto llegará el más grande
y más terrible desastre marítimo, y esa será el resultado".
A las 21:30 llega a la cofa el
mensaje del puente por teléfono para mantener vigilancia especial por el hielo,
grandes o pequeños y de que pasaran el mensaje a sus compañeros cuando llegara
el relevo.
Se recibe del mesaba el 6º
mensaje de hielo, el mesaba es de la Red Star Line, Phillips no respondió y se
limitó a continuar con el envío a Cabo Race.
Temperatura de 0ºC y velocidad de
22,5 nudos
21:38. Stanley Adams del Mesaba, telegrafía
de nuevo al Titanic “estoy
a la espera de respuesta del mensaje enviado minutos antes al capitán Smith” pero Phillips apuntó el mensaje y lo dejó apartado en la bandeja.
A las 22:00 se retroceden los
relojes de la tripulación 24 minutos, por lo que quedan ahora marcando las
21:36.
22:00 La temperatura del aire es
de -0,5 ºC. La temperatura del agua, según la muestra que se tomó, era de -2ºC.
Murdoch releva a Lightoller. En algún momento cerca de las 23:00 entrarían en
la zona de hielos. No hablaron nada sobre los icebergs ni Murdoch le preguntó.
La única conversación fue por el clima y la claridad de la noche. Comentaron lo
lejos que se podía llegar a ver. Incluso las estrellas en el horizonte. Hacía mucho
frío, aunque no era inusual en esa latitud y en esa época del año.
En el nido del cuervo, pasaron la
orden de la estricta vigilancia de hielo al relevo. Lightoller se fue a la
cama. A las 22:00 Boxhall le pidió a Moody que se quedara en el puente y le
dijo a Murdoch que iba a realizar su ronda por las cubiertas. Según Boxhall, en
la noche del hundimiento, el capitán estuvo en el cuarto de derrota hasta las
22:30, después se retiró a su cuarto de derrota personal, aunque esto es
difícil que lo supiera por sí mismo si él estaba de ronda por las cubiertas. Además,
muchos pasajeros sitúan al capitán por los salones del barco esa noche.
Alrededor de 100 pasajeros de
segunda clase se reunieron para cantar himnos religiosos. Una de las canciones, con la que terminaron la ceremonia, fue el
clásico himno religioso y naval Eternal Father:
Padre Eterno, fuerte para salvar,
Cuyo brazo había atado las olas inquietas,
Quién ofrece el poder al océano profundo
Y nos señala y mantiene nuestros propios límites;
Oh, nos escuchas cuando te clamamos a ti,
¡Por aquellos en peligro en el mar!
¡Oh Cristo! Aquella voz que las aguas oyeron
Y callaron su furia con tu palabra,
Quién camina en la espuma profunda,
Y calma su rabia adormeciéndola;
Oh, nos escuchas cuando te clamamos a ti,
¡Por aquellos en peligro en el mar!
¡Santísimo Espíritu! Quién hiciste cría
Tras el caos oscuro y grosero,
Y ofertaste su cese al tumulto furioso,
Y das, en la confusión salvaje, la paz;
Oh, nos escuchas cuando te clamamos a ti,
¡Por aquellos en peligro en el mar!
¡Oh Trinidad de amor y poder!
Nuestros hermanos se escudan en las horas de peligro;
De la tormenta y la tempestad, del fuego y del enemigo,
Los proteges donde quieran que van;
Así, cada vez más nos alzaremos a ti
Con himnos de gratitud de alabanza en tierra y mar.
Lawrence Beesley (pasajero de segunda
clase):
Tras la cena, Mr. Carter invitó al
salón a todos los que lo desearan asistir y, con la asistencia de un caballero
al piano sentado en la mesa del sobrecargo frente a mí, un centenar de
pasajeros comenzaron a cantar himnos. Se les pidió elegir el que desearan y con
tantos para elegir, era imposible para él hacer algo más que tener himnos que
trataban sobre peligros en el mar. Me di cuenta de que todos cantaron en voz
baja “por aquellos que corren peligro en el mar”. El canto debió haber durado
hasta después de las diez, cuando al ver a los sobrecargos de pie, esperando
para servir galletas y café antes de salir de turno, Mr. Carter trajo la noche
a su fin con unas palabras de agradecimiento al sobrecargo jefe por el uso del
salón, un breve esbozo de felicidad y de la seguridad del viaje hasta ahora, la
gran confianza que todos sentimos a bordo de éste gran transatlántico por su
constancia y tamaño y la perspectiva de una feliz llegada a Nueva York en unas
pocas horas cerrando así un viaje encantador, y todo el tiempo en que habló, a
unos kilómetros por delante de nosotros, se extendía el “peligro en el mar” que
iba a hundir ese mismo crucero con muchas personas a bordo que habían escuchado
con gratitud esas sencillas y sinceras palabras. Mucho para la fragilidad de
las esperanzas humanas y la confianza depositada en el diseño de los materiales
humanos.
Edwina Troutt (pasajera de segunda
clase):
Tuvimos
una comunidad cantando y era muy agradable, pero hacía mucho frío. Me excusé y
dije que me iba a la cama, hacía demasiado frío. Debían ser sobre las 22:30.
La mayoría de la calefacción de
segunda clase se apagó. La pasajera de esa parte del barco, Mrs. Shelley, dijo:
Al
preguntar al mayordomo para encender la calefacción, dijo que era imposible, ya
que el sistema de calefacción para las cabinas de segunda clase no funcionaba.
Eso de sudar en las cabinas de segunda clase, sólo tres, las tres primeras eran
alcanzadas por el calor, el resto no tenían calefacción en absoluto, ya que el
calor era tan intenso que los ocupantes se habían quejado ante el sobrecargo,
quien había ordenado apagar la calefacción por completo. Por consiguiente, las
habitaciones fueron como casas de hielo durante todo el viaje.
22:30. El Titanic se cruza con el
Rappahannock, de la Furness Whity, y éste, como no tiene radio, le hace una advertencia
con la lámpara morse: “pasamos
por hielo pesado y muchos icebergs”. El Titanic
responde “mensaje
recibido, gracias, buenas noches”.
Según el oficial jefe del Rappahannock,
Albert E. Smith, el Titanic viajaba a unos 21 nudos y pronto desapareció en la
oscuridad. Dijo:
Me
resulta sorprendente que el capitán Smith chocara contra el hielo si el gruñón
se avistó a tiempo. Por supuesto podría haber sido una placa de hielo, que es
suave, y a través de la cual sería seguro navegar incluso a 21 nudos, pero el
hielo que encontramos no eran pequeñas formaciones de placas de hielo. (…) Si
el Titanic raspara con uno de esos hielos compactos habría resultado con el
fondo prácticamente arrancado de su casco yendo a la velocidad a la que iba. Lo
que no puedo entender, y lo que a los hombres más marineros les asombra, es
porqué tuvo que chocarse contra un iceberg.
Albert E. Smith (primer oficial del
Rappahannock):
El
Rappahannock acababa de pasar placas de hielo pesadas y compactas justo antes
de pasar por el Titanic y habíamos sufrido graves daños en el timón. Yo
personalmente les hice señas con ésta información al Titanic y reconoció mi
mensaje. El clima en ese momento era bueno, el mar estaba en calma y la
visibilidad era buena. Los icebergs que habíamos pasado deberían haber sido
vistos y evitados.
Otro tripulante del Rappahannock
dijo que estaba en la caseta del timón cuando el oficial jefe, que hacía la
función de comandante, ya que el verdadero capitán estaba indispuesto, les
permitió ver con los prismáticos el coloso Titanic completamente iluminado y
navegando hacia el hielo. “Asi
que pensamos que estaban locos navegando de esa manera –explicó después-. Les enviemos un mensaje con la lámpara Aldis de que se
dirigían hacia el hielo, pero nunca disminuyó la velocidad. Nunca imaginemos
que un barco como ese sería hundido por un iceberg en su viaje inaugural. El
Viejo Rappahannock no tenia radio, solo los barcos más nuevos y grandes tenían
radio en aquellos días.”
El Californian se detiene en las
inmediaciones de un campo de hielo de 47 km de largo por 4 de ancho. Stanley
Lord, el capitán, tiene miedo de continuar con la navegación através de ese
campo de hielo, aunque sea a reducida velocidad, por lo que decide detener el
barco hasta el día siguiente. El Californian, de la Leyland, iba desde Londres
a Boston. Temperatura del agua -2ºC, la del aire -1ºC. Su tripulación ve a los
lejos y al sur las luces de otro barco. A las 22:45 el capitán Lord del
Californian conversa con el ingeniero. Le muestra el barco que acaba de
observar, el cual cree que se trata de un pequeño carguero, y le invita a la
sala Marconi para conocer las novedades. Lord pide que se retransmita a todos
los barcos en la zona que están bloqueados por el hielo y que de su posición.
Entre las 23:00 y las 23:15 el
Californian avisa al Titanic: “Hemos detenido los motores, estamos rodeados de hielo.” Phillips tenía los auriculares con el volumen alto para poder oir
a Cabo Race desde lejos cuando el Californian se interpuso. Las señales
llegaron a sus oídos como una serie de explosiones de proyectiles de
artillería. Phillips le dijo: “¡Cállate, cállate! estoy ocupado, estoy trabajando con
Cabo Race.” El Titanic le dice a Cabo Race: “lo siento, bloqueado,
repita, por favor”. Tras estar un rato a la
escucha, el radiotelegrafista del Californian apaga su aparato y se va a
dormir.
Más tarde, en el Californian, el
tercer oficial, Charles Groves, se encontraba en la cubierta del Californian
cuando se fijó en un punto a estribor de su nave. En la lejanía, divisó lo que
le parecía un buque de grandes proporciones, con rumbo hacia el noroeste.
Aunque no estaba seguro, supuso la identidad de aquel barco: el Titanic. Groves
se dirigió al cuarto de derrota, donde el capitán Lord se había acostado, y una
vez que hubo llegado, llamó a la puerta con los nudillos.
- Pase.
Groves obedeció a la voz que sonó
desde el interior y se encontró con el capitán, aún despierto. Stanley Lord se
irguió y Groves se acercó un paso y dijo:
- Señor, se aproxima un barco de
gran tonelaje por estribor.
- ¿A qué distancia está?
- Yo diría que a unas diez
millas.
- Bueno, en ese caso, entérese
del nombre. Comunique con la lámpara morse y expóngale nuestra situación.
- Sí, señor.
Groves abandonó el cuarto de
derrota mientras que el capitán Lord apagaba la luz. El comandante volvió a
acomodarse, estaba cansado, y deseaba tener una plácida noche.
En el Titanic, el pasajero de
primera clase, Quigg Baxter, le contó a su madre que había visto al capitán
jugando a las cartas en una de las cafeterías. La pasajera de primera clase,
Mary Eloise Smith, también dijo ver al capitán jugando a las cartas, incluso
ella misma estuvo jugando con él en el café hasta las 23:00 y que cuando se
marchó, él continuaba allí. Su marido Lucian hacía lo mismo con tres franceses
en la sala de fumadores de primera clase. Un pasajero de segunda clase dijo ver
al capitán caminando por la cubierta de segunda clase. La pasajera Helen Bishop
dijo: “Más
tarde nos enteramos que el capitán aún estaba en la cena cuando el choque se
produjo.”
23:30 Phillips termina de
comunicar con Cabo Race. Desde el día de la partida hasta ese momento habrían
enviado unos 250 telegramas.
En la cubierta de segunda clase,
Léopold Weisz y su esposa daban un paseo. Su mujer había participado en los
himnos que habían cantado en la biblioteca de segunda clase, incluso había
cantado The Last Rose of Summer mientras el Dr. Pain tocaba la flauta y
Douglas Norman el piano con considerable éxito por parte de sus compañeros de
viaje, a los que les había gustado la actuación.
Bajo miles de estrellas
tintineantes de una noche preciosa y silenciosa, con un mar negro y calmado
como el aceite en el que se reflejaba el firmamento, el Sr. Weisz no se
encontraba nada bien. No era el atroz frío cortante. No sabía exactamente
porqué, pero se sentía inquieto. Terriblemente nervioso por algo que no
alcanzaba a comprender mientras miraba el océano tranquilo y oscuro como una
tumba. Le confesó a su mujer sus temores, pero sin llegar a saber qué era lo
que le producía aquel nerviosismo y desasosiego.
En el puente de mando todo estaba
igualmente de tranquilo. La práctica normal de un oficial en el puente era
pasearse de arriba a abajo, de un lado a otro del puente. De ala a ala. De vez
en cuando se detendría, barriendo el horizonte con los prismáticos. No debería
irse al cuarto de derrota o a cualquier otra área iluminada para no perder su
visión nocturna.
Las persianas de la caseta de
mando se cerraban siempre tras la puesta de sol. En el puente no hay más luz
que la de la brújula y la pequeña luz del tablero de curso.
Las chimeneas escupían un chorro
de humo negro más denso de lo que lo habían estado haciendo con anterioridad.
En la sala de calderas número 6, el jefe de bomberos Fred Barrett llevaba el
pantalón y la camisa de fino algodón sudados debido al calor en las calderas.
Mientras que en el exterior del barco la temperatura había bajado a varios grados
bajo cero, allí abajo estaban a casi 40º C. Uno de los fogoneros llegó con una
carretilla y la frente sudada desde uno de los búnkers donde se guardaba el
carbón. Se paró frente a uno de los paleadores, dejando la carretilla en el
suelo.
- Gracias, Joe. - Dijo el
paleador.
Las aguas por las que navegaba el
Titanic estaban sumamente calmadas. Tal era la quietud del océano aquella noche
que no es que no hubiera ondulación alguna en el agua, si no que incluso las
estrellas se reflejaban sobre la superficie espesa y aceitosa del mar, como si
de un espejo se tratara. Resultaría difícil distinguir el horizonte de no ser
por la invisible línea que dividía en dos partes simétricas el firmamento
frente a ellos. El Titanic navegaba con gran potencia y majestuosidad sobre ese
mar de cristal. La roda del barco avanzaba a casi toda velocidad sin salpicar.
El espesor del agua al borde de la congelación hacía que se deslizara
suavemente a ambos lados del buque produciendo, ahí sí, un pequeño oleaje
espumoso.
Las estrellas brillaban con más
intensidad en medio de la absoluta oscuridad. Sus destellos tintineaban como si
millones de luciérnagas hubieran sido clavadas sobre un fondo negro. La Vía
Láctea se mostraba en todo su esplendor. A la vista del ojo desnudo, incluso
Venus, Marte y Saturno eran visibles. Las constelaciones brillaban e iluminaban
el oscuro mundo de abajo.
El viento artificial producido
por el movimiento de avante del barco silbaba entre el aparejo y cortaba como
un cuchillo los rostros de los dos pobres centinelas que aquella noche les
había tocado estar en el nido del cuervo. Su aliento quedaba congelado en sus
bufandas y sus ojos se resentían al tener que enfocar la vista hacia un
horizonte confuso buscando bultos negros en la oscuridad. Se movían constantemente
para mantener el calor y se frotaban las manos y brazos bajo sus guantes. A
pesar de los jerséis, los abrigos, gorros, bufandas y guantes, el frío
penetraba tan intensamente que entumecía a cualquiera que pasara largo tiempo
expuesto a la intemperie. Estar a bajo cero es desagradable incluso para los
que estén acostumbrados al frío inglés y más aun si contamos con la humedad del
océano.
Uno de los cabos había tenido que
estar quitando constantemente el hielo y la escarcha que se formaba sobre cubierta
aquella noche para evitar accidentes.
El cabo Rowe, en el puente de
popa, caminaba de un lado a otro de la nave medio encogido para tratar de
mantener el calor. De vez en cuando, se paraba y observaba con curiosidad las
esquirlas de hielo que flotaban en el aire y que, con la luz eléctrica de las
lámparas, emitían destellos de colores, como si se tratasen de arcoíris en
miniatura. Él y sus compañeros lo apodaban como “bigotes de luz”. Allí se
escuchaba mejor el chapoteo del agua de las hélices, pero era el único sonido
que se oía aquella noche. Con total probabilidad, Rowe miraría de vez en cuando
hacia delante, a las cubiertas superiores, y sentiría cierta envidia de
aquellos pasajeros en el interior de los salones cuyas siluetas se verían a
través de las ventanas iluminadas. Allí dentro se estaría mucho más cálido y
confortable que en la soledad de aquella cubierta oscura.
Lo cierto es que gran parte de
sus ventanas y ojos de buey estaban ya a oscuras y el Titanic estaba bastante
apagado a estas horas. Los pasajeros se habrían retirado a sus literas porque
no apetecía nada estar levantados con ese frío glacial. Toda la proa estaba
prácticamente a oscuras, salvo en contadas claraboyas por las que salía un leve
resplandor, pero era prácticamente una cuña negra que cortaba el agua. Por los
costados, la mayoría de los camarotes estaban igualmente a oscuras, ya que
muchos pasajeros ya se habían retirado a descansar y los que quedaban
despiertos se hallaban en las salas comunes o con tenues lámparas leyendo en
sus camas bajo espesas mantas, por lo que la iluminación en el crucero aquella
noche sería más bien escasa. La caseta de mando y el puente estaban
completamente a oscuras. Las cubiertas, del puente en adelante, estaban tan
negras como la noche. Había más brillo en el firmamento que en los costados del
barco.
Los aburridos vigías Frederick Fleet
y Reginald Lee, deseando de que llegara la hora del relevo, soportaban
buenamente los últimos minutos de su guardia. Dentro de poco bajarían para
tomar algo calentito y tumbarse en sus confortables literas. El monótono
horizonte resultaba aburrido para mirar durante dos horas sin parar, pero
entonces Fleet vió algo, algo distinto. O mejor dicho, no vio algo. Las
estrellas frente a ellos, en el horizonte, habían desaparecido. Algo tapaba las
estrellas frente a ellos, y los barcos tienen luces que se distinguen desde muy
lejos. Aquello no tenía luces y dado los continuos avisos que habían recibido,
no hacía falta pensar mucho para saber qué tipo de objeto estaba delante de él
y ocultaba las estrellas.
- ¡Hay hielo delante nuestro!
-gritó Fleet mientras palmeaba el brazo de su compañero.